Gustavo Adolfo Bécquer.

Antes de comenzar, quiero dedicar esta entrada a Reina sin espejo por alentarme y animarme a escribir algo ya en el blog al que tengo abandonado (en contra de mi voluntad) desde hace bastantes semanas. Gracias monina.
No soy una experta en poesía, lo único que sé es que me encanta Bécquer desde que era una niña y oía a mi hermana mayor, ya entrada en la “edad del pavo”, recitando sus versos:


¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul;
¡qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.
Para mí, poesía es sinónimo de amor y de belleza. Para mí, poesía significa Bécquer. Muchos se pondrán las manos en la cabeza ante tanta simplicidad pero, en fin, sobre gustos no hay nada escrito...

Mi poeta favorito se llamaba en realidad Gustavo Adolfo Domínguez Bastida y nació en Sevilla en 17 de febrero de 1836. Aún siendo joven se trasladó a Madrid con su hermano Valeriano, aunque la mediocridad que se respiraba ahí no le fue muy propicia y vivió ignorado, solitario, pobre y por fin enfermo. Consiguió un empleo administrativo, pero su jefe lo descubrió escribiendo versos en horas de trabajo y lo despidió. Al borde de la miseria, consiguió subsistir gracias a algunas colaboraciones en revistas y periódicos. Después de vivir un gran amor, frustrado por la tuberculosis que lo llevaría a la tumba, contrajo matrimonio con Casta Esteban (lo de casta solo lo tenía de nombre), le fue infiel, no le comprendió, le dio tres hijos y lo abandonó. Cuando su talento empezaba a ser reconocido y la fortuna parecía sonreírle, murió en Madrid, a los 34 años, el 22 de diciembre de 1870. Su hermano Valeriano había muerto tres meses antes, el 23 de septiembre, así que sus últimos meses de vida transcurrieron en la más absoluta soledad.

Su obra, publicada póstumamente gracias a algunos buenos amigos, aunque breve, es más que suficiente para hacer de Bécquer el mayor poeta español, en verso y en prosa, del siglo XIX y uno de los líricos más hondos y más puros con que cuenta la lengua castellana. Heredero tardío de la poesía romántica alemana, el romanticismo de Bécquer está fuera de tiempo y de lugar. Fuera de lugar porque nada tiene que ver con la tradición romántica española y fuera de tiempo, porque se manifiesta cuando el movimiento romántico ya había pasado.

Las Leyendas de Bécquer son las hermanas en prosa de sus poemas. La prosa de un gran poeta que envuelve cada una de ellas en un halo de magia donde lo real y lo irreal se confunden, como si todo transcurriera, y lo diré como lo diría él mismo, en esos “misteriosos espacios que separan la vigilia del sueño”.

De sus Leyendas, la que más releo es sin duda la de “El monte de las ánimas”, hace que se me pongan los vellos de punta y de sus poemas no sabría por cual decantarme aunque sí tengo mis preferidos. Uno de ellos es el siguiente grabado en mí desde aquellos días por los que pasa toda persona y de los que prefiere no acordarse, o sea, la etapa más conocida como adolescencia o “edad del pavo”.

AMOR ETERNO

Podrá nublarse el sol eternamente;
podrá secarse en un instante el mar:
podrá romperse el eje de la Tierra
como un débil cristal.

¡Todo sucederá! Podrá la muerte
cubrirme con su fúnebre crespón,
pero jamás en mí podrá apagarse
la llama de tu amor.

Hay una que representa una situación por la que creo que todos hemos pasado alguna vez, esa en la que el orgullo se adueña de nosotros y esperamos a que sea la otra parte la que dé su brazo a torcer, si ninguno de los dos cede entonces pasa lo que en este poema:
XXX
Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino: ella, por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún ¿por qué callé aquel día?
Y ella dirá ¿por qué no lloré yo?
En Sevilla, en el Parque de Maria Luisa se encuentra un monumento al Poeta. Sobre una pilastra clásica se encuentra su busto, envuelto por una capa española plegada sobre el hombro izquierdo a modo de una clámide griega. A su izquierda toca la pilastra la figura de Eros-Cupido niño en bronce disparando sus flechas. Un poco más a la izquierda se encuentran sentadas tres figuras de mujer de tamaño natural (mal identificadas muchas veces con Las Gracias), que representan al amor que llega, al amor que vive y al amor que muere. A la derecha del busto de Bécquer encontramos una escultura en bronce de Eros-Cupido adulto tumbado en el suelo, agonizando, herido por las propias flechas del amor. Todo el monumento está situado rodeando a un gigantesco y centenario taxodio o ciprés de los pantanos, plantado en 1850. Si ya en fotos parece como redeado de un halo mágico y maravilloso, verlo in situ debe ser algo realmente emocionante.

Bueno, espero que os guste esta entrada ya que eso significará que os gusta Bécquer y que no tarde mucho en volver a escribir por aquí, jejeje.

"Cuentos de la Alhambra" de Washington Irving.

Unas auténticas “mil y una noches” pero a la española que nos transporta a los tiempos del reino musulmán de Granada con todo su esplendor y su magia.

Su autor, el norteamericano Washington Irving, tuvo la suerte de hospedarse dentro del recinto de la Alhambra, no dentro del palacio nazarí pero sí en una especie de cuartel destinado al gobernador. Allí estuvo durante tres meses, se impregnó de la magia de la fortaleza y no es para menos, si su lugar de trabajo se encontraba junto al “Patio de los leones”. Buen observador, supo mezclar romanticismo, leyenda y folclore, el resultado: sus Cuentos.
Cada día al atardecer, Irving reunía una animada tertulia en la plaza de los Aljibes y, curiosamente, la primera niña a la que leería sus Cuentos sería con el tiempo emperatriz de Francia. Su nombre: Eugenia de Montijo.
En esta obra no solo nos ofrece los Cuentos, sino que da una minuciosa descripción del recinto de la Alhambra, sus palacios, la ciudad, la vega del Genil y, cómo no, de Sierra Nevada, tan presente también en sus historias.
Amó a España y contribuyó a hacer amables las cosas españolas. Años después un granadino, Federico García Lorca, iría en busca de la ciudad natal de Irving.
El relato comienza como una auténtica guía de viajes y es asombrosamente descriptivo y minucioso, sobre todo con los personajes con los que se va encontrando por posadas y demás lugares hasta llegar a Granada desde Sevilla. Sus anécdotas y datos curiosos son lo mejor de todo.
No exentos de un humor con mucho gusto sus relatos nos hacen volar a otra época y si has tenido la suerte de pisar Granada y su Alhambra, tu imaginación vuela con cada cuento a aquellos días de esplendor, donde el sentarse a oír el correr el agua de las fuentes era parte de la rutina del día a día.
Yo visité La Alhambra antes y después de leer estos Cuentos, la segunda visita me gustó más y si tuviera que elegir uno de los cuentos no sabría por cuál decantarme, todos tienen su encanto, y cada cual su género, porque los hay para todos los gustos: románticos, bélicos, de magia, misterio...En fin, que hay que leerlos y compartirlos con los más peques de la casa porque son un auténtico tesoro, son nuestra Historia.

"El último Catón" de Matilde Asensi.

Tengo que decir antes de nada que es uno de mis libros favoritos, me enganchó de tal manera que no tardé nada en leerlo. Una aventura apasionante que me arrastró por medio mundo sin salir de casa.
La doctora y hermana Ottavia Salina es paleografa y trabaja en los archivos secretos del Vaticano descifrando códices antiguos. Su vida es la viva imagen de la rutina: del trabajo al piso que comparte con otras tres monjas de su orden y viceversa. Hasta que un día la mandan llamar los altos cargos del Vaticano para que intente descifrar las marcas o más bien escarificaciones (hechas con hierro caliente) que presenta un cadaver, una mezcla de cruces y letras griegas sin sentido aparente. Junto al cadaver se encontraron en una cajita finamente tallada unos trozos de madera los cuales resultan ser lignum crucis, osea, trozos de la cruz de Cristo.

Con la ayuda del profesor Boswell, experto en historia y paleografía bizantina, del capitan de la guardia suiza vaticana Kaspar Glauser-Roist y con "La divina comedia" de Dante como única guía emprenden la búsqueda de una secta milenaria, los Staurofilakes, que están robando los lignum crucis de todas las iglesias del mundo. En esta búsqueda tienen que ir superando pruebas, una por cada pecado capital, cada vez que superan una son escarificados con una letra o una cruz. Cada prueba se realiza en una ciudad distinta desde Roma a Antioquía, pasando por Rávena, Atenas, Jerusalén, Constantinopla y Alejandría. A cada ciudad le corresponde un pecado.

El peligro que corren sus vidas en cada prueba, el cansancio físico y psicológico unido a la presión de la iglesia les hace ir al límite. Además de estos problemas, a la protagonista se le presenta uno más: por primera vez en su vida su vocación se tambalea, se está enamorando.

Como ya he dicho antes, me encanta esta novela y la he leído más de una vez. A quién le guste la aventura, la Historia y las curiosidades, se la recomiendo.

Suetonio.

Dije que un día hablaría de él y hoy es ese día. He leído los tres primeros volúmenes de las “Vidas de los doce césares” (por ahora, eh), los correspondientes a las biografías de Julio César, Octavio y Tiberio y me lo imagino como un “Jesús Mariñas” de su época. Sabe contar cada cosa en el tono que se merece, dando a los méritos de cada personaje la importancia que tienen y a los vicios y manías de éstos tres cuartos de lo mismo. Utiliza un lenguaje sencillo y se recrea en los escándalos y chismes de sus protagonistas.

Casi no sabemos nada cierto de Suetonio y la mayor parte de la información que tenemos sobre él se debe a la correspondencia que mantenía con Plinio el Joven. Su nombre completo era Cayo Suetonio Tranquilo y probablemente nació en Hipona (Annaba, en Argelia) hacia el año 70 d. C., durante el reinado de Vespasiano, y murió hacia el 140 d. C.
Aunque su familia pertenecía al orden ecuestre, él no se decidió ni por la carrera política ni el ejército, como correspondía a su rango. Se decantó por el estudio de las letras y la investigación, llegando a ejercer como profesor y abogado (97 d. C). Contó con la amistad y la protección del poderoso Plinio el Joven, el cual lo recomendó a Trajano, durante cuyo reinado (98 d. C.-117 d. C.) desempeñó los cargos de superintendente de las bibliotecas públicas y responsable de los archivos, así se explica que fuese un erudito ya que estos trabajos le permitían tener acceso a la documentación imperial. Finalmente, Adriano le nombró secretario encargado de la correspondencia oficial del gobierno.
Dejó constancia de sus vastísimos conocimientos en tratados de todo tipo, tanto en latín como en griego. Escribió sobre los espectáculos públicos, el calendario, la vestimenta, los defectos físicos o las prostitutas más famosas, y también obras de tipo enciclopédico: “Roma”, sobre la vida de los romanos, y “Prata”, que podría considerarse una historia natural.

Aunque su fama la debe a “De viris illustribus”, una colección de biografías de grandes figuras de la vida literaria y sobre todo, a las “Vidas de los doce césares”, que le han valido ser considerado junto a Tácito uno de los mayores historiadores de su tiempo.
Las “Vidas” se conservan casi completas y fueron publicadas después del año 120 d. C., y parece ser que estaban dedicadas a otro de los patrocinadores de Suetonio, Septicio Claro. Como ya he comentado, son muy entretenidas y han sido siempre muy populares, dibujando un retrato moral, muy detallista y anecdótico, de los primeros emperadores (desde César hasta Domiciano).

En el año 122 d. C., Septicio Claro y Suetonio cayeron en desgracia y perdieron sus cargos tras una conjura en ausencia del emperador Adriano. Nada se sabe de Suetonio a partir de entonces. Supongamos pues, que vivió en paz dedicándose a sus estudios y a la publicación de sus obras.

Calígula.

Si el reinado de su predecesor (Tiberio) fue una mezcla de claroscuros, el suyo fue simple y macabramente oscuro. Solo reinó durante cuatro años durante los cuales se convirtió en perfecto prototipo de déspota sanguinario. Embriagado por un poder para el que no estaba preparado fue víctima de su propia locura.
La muerte de Tiberio supuso para Roma motivo de fiesta y alegría como ya conté en mi entrada dedicada a este emperador. Toda Roma aclamaba a su joven sucesor, de aspecto frágil, vestido de luto mientras acompañaba los restos del emperador en su último adiós. Toda la ciudad rezaba por un largo gobierno de Cayo Julio César, llamado cariñosamente Calígula, (diminutivo de cáliga, el calzado que usaban habitualmente los soldados romanos y con el que Cayo había sido mostrado ante las tropas en su niñez y entre los que era conocido y apreciado). Todo parecían buenos presagios, tras los sombríos años de su abuelo, hosco y cruel (supuestamente), la gente veía por fin un rayito de luz. Descendiente de la estirpe de Augusto, llevaba el nombre de su ilustre antepasado y tenía el apoyo del ejército. Aunque habían corrido rumores sobre él, la plebe no podía saber si detrás de su semblante inocente se podía esconder una personalidad tan enrevesada.

Su niñez transcurrió en los campamentos de las legiones de Germania junto a su padre, el popular Germánico, su madre Agripina (hija de Agripa y Julia la hija de Augusto), sus dos hermanos mayores Nerón y Druso y sus tres hermanas menores Livia, Drusila y Agripina. Luego fueron enviados todos a Siria. Cuando su padre murió, aun joven y en extrañas circunstancias, se insinuó que había sido envenenado por orden de Tiberio, que estaba celoso de la popularidad de su sobrino e hijo adoptivo, pero se culpó a Cneo Pisón que fue condenado a muerte.
Cuando regresaron de Siria, Calígula vivió primero con su madre hasta que la desterraron por hablar demasiado y mal de Tiberio. Entonces fue acogida por Livia, su abuela y viuda de Augusto. Cuando ella murió, Tiberio descubrió una supuesta conspiración contra él en la que estaban implicados tanto la madre como los hermanos mayores de Calígula, así que fueron desterrados: la madre a la isla de Pandataria, Nerón a la de Pontia (ambos se dejaron morir de hambre) y Druso más o menos lo mismo pero en las mazmorras del Palatino.
Falto de otra familia, Calígula y sus hermanas pasaron a vivir con su abuela Antonia (hija de Marco Antonio y Octavia). Y en esa casa, el futuro monstruo y sus hermanas comenzaron a mantener relaciones incestuosas, con tanta frecuencia que su abuela los sorprendió un día en la cama. Aunque, como era y como siempre será, para acallar rumores, tomó como esposa a Junia Claudia, hija de un noble romano, por orden del emperador.
Cuando cumplió diecinueve años, fue llamado por su abuelo Tiberio a la isla de Capri.
Aunque Calígula odiaba a su abuelo por todo el daño que le había hecho a su familia, durante el tiempo que permaneció en la isla tuvo que disimular su resentimiento por la precaria situación en la que se encontraba. Cuentan, que durante ese tiempo se volvió cada vez más reservado y sádico, se complacía con las torturas y ejecuciones, a la vez que disfrutaba con la misma pasión y él mismo se entregaba a las artes escénicas, el mimo y la danza, prácticas consideradas “inapropiadas” entre la nobleza.
Hasta el viejo Tiberio se dio cuenta de la personalidad del joven y decía con frecuencia: “Estoy criando una hidra para el pueblo romano y un Faetón para el universo entero”. Faetón es el dios que abrasó la tierra por conducir mal el carro del sol. En otra ocasión exclamó: “Cayo vive para su propia perdición y para la de todos”. Creo que en ambas tenía razón. En los últimos meses de vida de Tiberio, llamó a su nieto Tiberio Gemelo, hijo de Druso. Al acariciar a Gemelo, pudo ver una mueca de desagrado en el rostro de Calígula y muy sabiamente profetizó: “Tú matarás a éste, pero habrá otro que te mate a ti”.
Si el fondo de Calígula no era bueno, lo único que le hacía falta era una persona a su lado que avivara esa maldad que llevaba dentro de sí, ese fue Macrón, pretorio sin escrúpulos que hasta le cedió a su esposa son tal de agradarle. En poco tiempo, éste se convirtió en su mano derecha.
Mientras, Tiberio se debatía entre Calígula y su propio nieto Gemelo, que aunque era joven, era de su sangre. Redactó un testamento privado dejando el Imperio a ambos por partes iguales. En la agonía, cuentan que fue el propio Macrón quien precipitó el fin de Tiberio ahogándolo con una almohada. Como todo esto ocurrió en Miseno, sede de la flota imperial, Macrón hizo que la marinería y la guardia pretoriana allí destacada le juraran fidelidad. Corrieron a Roma para informar al pueblo y al Senado, el cual invalidó el testamento de Tiberio y otorgó a Calígula todos los poderes, proclamándolo imperator.
La “esperanza” de Roma hizo su entrada triunfal, su preparación para afrontar lo que se le venía encima era limitada y su educación había sido la de un joven noble. Sin embargo, durante los primeros meses de su mandato (37 a. C.) tuvo un comportamiento ejemplar en todos los sentidos. Pronunció el elogio fúnebre de Tiberio, decretó una amnistía para los exiliados y condenados, rehabilitó a su tío Claudio y asumió con él el consulado, adoptó como sucesor a Tiberio Gemelo (nombrándolo “Príncipe de la Juventud”), decretó que se rindieran honores de augusta a su abuela Antonia, viajó a las islas donde murieron su madre y su hermano Nerón para recoger sus restos, a su regreso a Roma concedió al pueblo el derecho al voto para elegir magistrados y les regaló representaciones teatrales y combates de gladiadores. También donó a cada ciudadano trescientos denarios y repartió gratis alimentos y regalos, iluminó la ciudad de noche durante los festejos y gratificó a los soldados de la guardia pretoriana, mientras que invitaba a suntuosos banquetes a los senadores y caballeros. Así, con este despliegue de “peloteo” tan honorable se ganó el favor de todas las clases sociales de Roma y recibió el juramento de fidelidad de todas las provincias del Imperio.
Suetonio (algún día hablaré de él), tiene gracia cuando dice en la biografía que escribió sobre este emperador: “Hasta aquí he narrado su vida como príncipe, ahora narraré lo que aún queda de ella como monstruo”. A los seis meses de mandato, cuando todo le sonreía, enferma gravemente y las secuelas que le deja esta enfermedad es acentuar su maldad aun más, no se sabe por qué. Los historiadores lo han calificado como locura, en fin, lo que ocurrió entonces es que se quitó su máscara de esperanza de Roma para proclamarse “divino”, algo así como un dios viviente. Implantó la costumbre de postrarse de rodillas ante él, mandó erigir estatuas de oro con su efigie y, como era un dios, convirtió el templo de Castor y Pólux en la antesala del palacio imperial para poder acudir allí a ser adorado por la plebe. Ordenó construir un puente entre el Palatino y el Capitolio, donde se encontraba el templo de Júpiter Óptimo Máximo para poder hablar o discutir con este dios. Y como era un dios, se quiso casar con su hermana Drusila, con la que seguía manteniendo una relación amorosa, también quiso elevar a sus hermanas a la categoría de diosas como se ve en algunas monedas. Despreciaba el uso de la toga y prefería ropas más extravagantes y caras, de seda y cargadas de joyas. Mandó construirle a su caballo preferido, Incitatus, un establo de mármol y un pesebre de marfil, ordenando que se le vistiese con telas de púrpura bordadas con piedras preciosas y que se le alimentase con los manjares más exquisitos. Además, instituyó todo un servicio de creados para que estuviera continuamente atendido. El colmo fue cuando le nombró cónsul.
Y una vez que ya estaba bien asentado en el poder, decidió deshacerse de todo aquel que le pudiera estorbar. El primero fue Gemelo, luego su suegro Junio Silano, le siguieron Macrón y su esposa Ennia, testigos y cómplices de su ascensión al poder.
En su primer año de reinado dilapidó el tesoro del estado romano acumulado por Tiberio, unos dos mil setecientos millones de sestercios. Para recaudar fondos, recurrió a todo tipo de artimañas, extorsiones y crímenes. Llegó a forzar a hacer testamento a su favor, tras lo cual los eliminaba en secreto, después, los convocaba como si aún vivieran y se mostraba dolido y sorprendido por la noticia de su “suicidio”.
El siguiente en recibir sus “atenciones” fue el pueblo romano, al que después de agasajarlo, lo privó del grano necesario para su alimentación.
Nadie estaba libre de su amenaza. Raptaba mujeres de la nobleza para sus orgías, les besaba el cuello diciendo: “Esta encantadora cabeza caerá en cuanto yo lo ordene”. Roma se cargó de resentimiento, pero el terror que todos sentían por Calígula era tal que nadie se atrevía a decir nada.
Al morir su hermana preferida, Drusila, su maldad se multiplicó. Así, en un ambiente enrarecido, empezó a gestarse un primer complot contra su vida, encabezado por el marido de Drusila, Emilio Lépido, sus propias hermanas Agripina y Livila. Tratando de imitar a su padre el gran Germánico, preparo una gran campaña militar contra los germanos del otro lado del Rin, un simple lavado de imagen. Durante esa campaña se descubrió la conjura. Lépido fue ejecutado y sus hermanas desterradas. La campaña fue una simple escaramuza y como botín de guerra mandó a las tropas recoger todas las conchas y caracolas que había en las playas. A su vuelta a Roma, proclamó el éxito de la campaña.
Después de su incursión en Germania, se vio de nuevo endeudado hasta las orejas, así que introdujo impuestos elevados y atacó a los senadores acusándoles de cualquier delito contra su majestad. Empezó a despreciar a grandes hombres del pasado, Augusto, Homero, Virgilio y Tito Livio e incluso se planteó destruir sus obras. Por otro lado, amaba todo lo egipcio y permitió el culto de sus dioses. El obelisco de veinticinco metros de largo que actualmente se encuentra en el centro de la plaza de San Pedro en el Vaticano, lo mandó traer desde Egipto en una nave de dimensiones similares.
Ante los delirios y desvaríos del emperador, Roma se encontraba presa de la incertidumbre y del terror. Todas las conspiraciones acababan con la muerte de los conspiradores. Finalmente, un día del mes de febrero del año 41, durante los Juegos Palatinos, Casio Querea y Cornelio Sabino, se apostaron en un pasillo que el emperador debía recorrer para ir desde el palco imperial hasta los aposentos del almuerzo. Aprovechando la sorpresa y el hecho de que Calígula iba poco acompañado, se abalanzaron sobre él, matándolo de treinta heridas de espada.
Cuando la noticia se difundió, todos pensaban que era una treta del emperador para pillar a todos sus enemigos celebrando su muerte.
La guardia pretoriana, antes de que el Senado restaurara la República, eligió como nuevo emperador a Claudio, tío de Calígula.
Una vez más me asombro de lo que hace el poder en las manos de una persona que reúne todos los defectos que hacen indeseables a los seres humanos.

Las siete maravillas de la antigüedad.

Aunque son historia, están envueltas por un halo de leyenda, sus dimensiones, su belleza aun en ruinas despertaron la admiración de generaciones. Además de todo esto, creo que son un claro ejemplo de la capacidad constructiva de la antigüedad.

La gran pirámide de Keops, el faro de Alejandría, los jardines colgantes de Babilonia, la estatua de Zeus en Olimpia, el templo de Artemisa en Éfeso, el mausoleo de Halicarnaso y el coloso de Rodas. De todas ellas, solo la gran pirámide sigue en pie, el resto ha desaparecido sin dejar apenas restos visibles que permitan una reconstrucción verosímil de cómo fueron en realidad. Los escritores antiguos que describen su aspecto no son del todo fiables y se contradicen unos a otros, además la mayoría de los testimonios no son de primera mano, sino que se basan en obras anteriores hoy desaparecidas.

Heródoto elaboró en el siglo V a.C. una lista de aquellas realizaciones humanas que en su opinión merecían la calificación de maravillas, las pirámides de Egipto, la ciudad de Babilonia y el templo de Artemisa, el resto aun no existían en tiempos de Heródoto.

La gran pirámide de Gizeh es la tumba de Keops, faraón de la IV dinastía (III milenio a. C.). Sus características más destacadas son su mole inmensa, constituida por millones de bloques de varias toneladas de peso, sus más de 140 m, la megalomanía de su inspirador y el esfuerzo humano invertido en su construcción.

Los jardines colgantes de Babilonia fueron erigidos por Nabucodonosor II para complacer a su esposa, la princesa meda Amitis, que añoraba las montañas de su patria. Estaban compuestos por terrazas y plantados sobre plataformas sostenidas por bóvedas que se iban elevando de forma gradual hasta los 24 metros de altura. Su aspecto semejaba un teatro poblado por árboles y plantas. Aunque no aparecen mencionados en los documentos babilonios ni en Heródoto, la tradición de los jardines mesopotámicos y el testimonio de Beroso, un sacerdote babilonio contemporáneo de Alejandro, revelan su existencia.

La estatua de Zeus en Olimpia, creada por Fidias, fue la más celebrada de todas las esculturas griegas debido, en parte, a la fama internacional del santuario, donde tenían lugar los Juegos Olímpicos cada cuatro años. Estaba hecha de oro y marfil, y medía 13 metros de altura. Representaba al dios sentado sobre un trono decorado con pinturas y esculturas que describían escenas mitológicas. La imponente presencia del dios en el interior del templo es una cierta penumbra, y los efectos de color producidos por la combinación de los materiales impactaban a los visitantes.

El templo de Artemisa se alzaba sobre una plataforma escalonada en la que se elevaba un bosque de columnas de más de 19 metros de altura y cuyas bases tenían un diámetro de 1,75 metros. En el espacio central, a cielo abierto, un templete alojaba la estatua de la diosa Artemisa, la Diana romana. El templo fue construido en el siglo VI a.C. Destruido por un incendio, fue vuelto a levantar en el siglo IV a.C. Además, hacía las funciones de banca de toda Asia Menor, poseía importantes propiedades y era también un lugar de asilo.

El mausoleo de Halicarnaso era la tumba construida para el rey cario Mausolo por su esposa Artemisa, a mediados del siglo IV a. C. El conjunto destacaba por la belleza de su diseño y por la riqueza de sus esculturas, ejecutadas por los mejores artistas de la época. El mausoleo estaba dividido en tres partes: un podio elevado, una columnata intermedia con 36 columnas y un cuerpo piramidal de 24 escalones coronado por una cuadriga. Un terremoto derribó la parte superior del conjunto en el siglo XIII. El monumento lograba simbolizar la fusión de las civilizaciones griega y caria, a imagen y semejanza de sus promotores.

El coloso de Rodas es sin duda la maravilla de más corta vida, construida en el 305 a. C. fue destruida por un terremoto en el 226 a. C. Representaba al dios Helios de pie y desnudo con una antorcha en la mano derecha y una lanza en la izquierda. Era de bronce, tenía 31 metros de altura y fue construido por los rodios para conmemorar su victoria sobre Demetrio Poliorcetes, hijo de unos de los generales de Alejandro. Su construcción se costeó con la venta del equipamiento de asedio abandonado por sus enemigos. El coloso se levantaba posiblemente en el entorno del templo del dios. Fue obra del escultor Cares de Lindos, discípulo de Lisipo. Es la más desconocida de las maravillas y sólo las notas de Plinio y algunas monedas que representan a Helios, permiten imaginar su tamaño y apariencia.

El faro de Alejandría se construyó a comienzos del siglo III a. C. sobre la isla que le dio su nombre. Tenía una altura cercana a los 100 metros y destacaba de manera especial por la elegancia de su concepción. Estaba dispuesto en tres cuerpos y coronado por la estatua de Zeus salvador. Muy pronto se convirtió en el gran símbolo de la ciudad y fue muy representado en mosaicos y sobre toda clase de objetos, como lámparas, vasos o monedas. La descripción más precisa respecto a su forma y apariencia es la realizada por un escritor árabe originario de la Málaga del siglo XII, llamado Ibn al-Sayg.
Son muchos los elementos legendarios referidos a las maravillas. Para empezar, el número siete aparece envuelto en toda clase de especulaciones místicas y se repite en muchas culturas: los siete sabios de Grecia, los días de la semana, los pecados capitales o los brazos del candelabro del templo de Jerusalén. Un esoterismo ocultista ha favorecido también especulaciones absurdas: las dimensiones y medidas de la gran pirámide relacionadas con claves astronómicas y matemáticas. La construcción de los jardines de Babilonia se adjudicó a la mítica reina Semíramis, conquistadora de casi todo el mundo conocido. Y del coloso de rodas se creía que dejaba pasar los barcos por debajo de sus piernas. Una postura imposible para las posibilidades técnicas de la época.
Han llegado hasta nosotros los testimonios de algunos personajes que sí pudieron ver estas verdaderas joyas en vivo y en directo. Filón definía la Gran Pirámide como una montaña apilada sobre otra. Los jardines colgantes producían desde la distancia la impresión de “bosques alzados sobre los propios montes”. Epicteto consideraba una desgracia morirse sin haber visto al Zeus de Olimpia. El poeta Antípatro exclama. “cuando divisé el templo de Artemisa, que se alza hasta las nubes, las otras maravillas fueron eclipsadas”. Los autores del mausoleo de Halicarnaso quedaron tan prendados de su obra que, según Plinio, decidieron continuarla a sus expensas. El gran coloso de Rodas despertaba gran admiración, ya que sus dedos eran mayores que muchas estatuas. Y el poeta Posidipo destaca la utilidad del faro para los navíos.
Tales maravillas han consagrado la fama inmortal de sus promotores, monarcas como el faraón Keops, Nabucodonosor y Mausolo, o santuarios y ciudades griegas como Olimpia, Éfeso, Rodas y Alejandría.

"Sinuhé el egipcio" de Mika Waltari.

La historia transcurre en época de Akenatón, en plena revolución religiosa. Sinuhé es un muchacho de origen humilde que estudia medicina. Cuando consigue terminar sus estudios y a ganar algo de dinero, empieza a frecuentar a una bella mujer, Nefernefernefer. Por ella enloquece y pierde todo lo que tiene, hasta la casa de sus padres y sus tumbas. Llevados a la ruina se suicidan y Sinuhé para poder dar a sus padres un enterramiento digno tiene que pasar varios años como embalsamador en "La casa de la muerte". Cumplida su deuda sale de allí igual de muerto que los embalsamados. A partir de ese momento Sinuhé se dedica a viajar, Babilonia, Creta e incluso pasa un tiempo entre los temibles hititas. A cada sitio que llega vive de su trabajo como médico y adquiere prestigio. Cuando regresa a Egipto se convierte en el médico real.

Así, Sinuhé se ve envuelto en la maravillosa locura del faraón: una nueva religión con un solo dios y una nueva ciudad para adorarlo. Sinúhe vive de primera mano todas las intrigas y todos los problemas de estado que van surgiendo ante estos nuevos cambios. Las fronteras se ven desprotegidas y los aliados se ven amenazados, pero Akenatón no hace nada, vive en paz con todos y piensa que todo el mundo es igual con él.

Esta novela es un maravilla, a parte de la historia del protagonista que te engancha desde el principio, está la historia de Egipto en una época muy convulsa como fue la del reinado de Amenofis IV Akenatón. Nos permite adentrarnos en el día a día de un faraón que amaba a su esposa y a sus hijas y así se hizo representar. Nos encontramos con Nefertiti, Horemheb, Ay (su suegro) y hasta con el joven Tutankamón.

En fin, una novela increíble, emotiva, bien documentada y además un amplio paseo por la Historia de un país que nunca dejará de sorprendernos.

Tiberio y su sentido del humor.

Hace unos días terminé de leer una novela sobre la vida de este emperador, "Tiberio, las memorias del emperador" de Allan Massie. En ella me he encontrado con un hombre que no es feliz, que está asqueado del poder, de los abusos y la falsedad de la gente. Cuando llega al colmo de la infelicidad decide retirarse a Capri, manteniendo contacto con Roma a través de terceras personas. La idea de que estas personas hicieran correr los rumores a cerca de las supuestas costumbres depravadas del emperador en la isla no es muy descabellada. La mayoría de los investigadores modernos da como falsas las actividades que Tiberio desarrolló en su retiro, aunque Suetonio y Tácito son unánimes al referirse a ellas, creando así una leyenda negra sobre él. En esta novela no he encontrado rastro de maldad, si no simplemente actos en defensa propia y en beneficio de Roma. Si mandó ejecutar a familiares, si los mandó desterrar fue siempre porque estaban tramando algo en contra de su vida.

En fin, qué sabe nadie, como diría el cantante. Ha quedado constancia de una anécdota ocurrida al emperador recién llegado a Capri. Un pescador quiso regalarle un gran salmonete que había pescado, se presentó por sorpresa subiendo por la parte más escarpada de la isla. Fue tal el susto que se llevó Tiberio, que mandó restregarle el pez por la cara. El pescador comenzó a felicitarse por no haberle llevado una langosta. Acto seguido mandó buscar una y le hicieron lo mismo.

No tuvo que ser agradable para el pobre pescador, pero en este doloroso acto, se puede ver que el emperador Tiberio no carecía de sentido del humor.






Tiberio.

Es asombroso como el tiempo y el poder son capaces de cambiar a las personas. En el caso de Tiberio, la primera mitad de su vida está marcada por el éxito y la segunda mitad por la depravación.
Hijo de Tiberio Claudio Nerón y de Livia Drusila. Su padre siempre había luchado al lado de Julio César, pero a la muerte de éste se pasó al bando contrario, luchando contra Octavio. Tuvieron que andar huyendo constantemente de un sitio a otro hasta que los ánimos se calmaron y pudieron volver a Roma.

Estando su madre embarazada, obligan a su padre a divorciarse de ella para que Octavio, el ahora poderoso Octavio Augusto sucesor de Julio César, pueda casarse con ella. A los tres meses del enlace nacería Druso (Nerón Claudio Druso). Las malas lenguas dirían entonces que los matrimonios felices tenían hijos a los tres meses, haciendo clara alusión a posibles adulterios anteriores al enlace.
A los nueve años, poseedor de una madurez impropia de esa edad, pronunció la oración fúnebre por la muerte de su padre biológico. Con doce años desfilaría a caballo a la izquierda de Octavio en el desfile triunfal de la victoria sobre Marco Antonio y Cleopatra.

Recibió una educación exquisita acorde con su rango de hijo de la esposa de Augusto. Pero, por mucho que su madre quisiera arrimarle y hacerle bueno a los ojos de su esposo, éste sentía más simpatía por el otro hijo, por Druso. Druso poseía un carácter alegre y despertaba las simpatías de todo el mundo, al contrario que Tiberio que era más reservado e introvertido.

Su carrera crecía como la espuma, estaba preparado y todo lo que emprendiá tenía éxito. Consiguió recuperar sin lucha las águilas de las legiones que los partos habían arrebatado a Marco Antonio y Craso, fue nombrado prétor, luchó en los Alpes, en las Galias, descubrió la fuente del Danuvio y lo cruzo por la mitad de su curso.

Se casó con Vipsania Agripina, hija del mejor amigo y general de Augusto. Ambos compartían el mismo carácter y el amor nació entre ellos. Tuvieron un hijo Julio César Druso. Pero la felicidad no duraría más de cinco años, Tiberio fue obligado a divorciarse de Vipsania y casarse con Julia, hija de Octavio y recientemente viuda de Agripa. Esto fue un duro golpe para él, que amaba profundamente a su esposa y rehuia a la otra que frecuentemente se le había insinuado y perseguido. Cuenta Suetonio que en una ocasión se cruzó por la calle con Vipsania y fue tal la pena que sintió que no pudo evitar echarse a llorar, desde ese momento se juró no volver a verla nunca más.

Al morir Agripa, su hermano y él ascendieron en la linea sucesoria. Tiberio no era feliz en su nuevo matrimonio, las escapadas nocturnas de su esposa, sus infidelidades y la muerte de su único hijo durante la infancia, hicieron que se centrara aun más en su trabajo. Su carrera siguió ascendiendo y con la muerte de su hermano Druso (9 a. C.) se convirtió en un claro candidato a la sucesión, pero a Augusto no le terminaba de gustar. Se le concedieron los mandos de los ejércitos de Panonia y Germania, provincias muy inestables. Regresó a Roma y fue nombrado cónsul por segunda vez, se le concedieron poderes tribunicios y el control del Este, pero Tiberio no era feliz.

Cuando estaba a punto de tomar el control del Este y convertirse en el segundo hombre más poderoso de Roma, decide retirarse a Rodas. Nada se sabe con certeza de cuáles fueron los motivos de este retiro, unos dicen que fue porque no soportaba a su esposa ni sus costumbres libertinas y otros porque se sentía como el "heredero comodín", es decir, en cuanto los nietos de Augusto, los hijos de Julia y Agripa, alcanzaran la mayoría de edad, él sería relegado a un segundo plano. Fuese por lo que fuese, en su retiro en Rodas, Tiberio pudo vivir como un ciudadano más, recibía la visita de ciudadanos y filósofos, además de mantener correspondencia con Roma. Así se enteró del destierro de su esposa al enterarse su padre Augusto de sus liberales costumbres. Tiberio le escribió pidiendo clemencia para ella, pero nada cambió.

Estando Augusto gravemente enfermo, navegó Tiberio hacia Roma, pero llegando allí se enteró de que había sobrevivido y regresó a Rodas. Le escribió pidiéndole que le dejase volver a Roma, pero se lo negó. La muerte de Lucio en el año 2 permitió, gracias a la insistencia de Livia, que Tiberio volviese a la ciudad como ciudadano romano y nada más, pero la muerte del otro nieto, Cayo, obligó a Augusto a adoptar a Tiberio y este a su vez a su sobrino Germánico. Recibió poderes tribunicios y gobernaron conjuntamente.

En el año 14 murió Augusto, a los 76 años. Tiberio no dio a conocer su muerte hasta haberse asegurado la del joven Agripa (hijo adoptivo de Augusto), asesinado por uno de sus guardias supuestamente por orden de Octavio para evitar luchas por el poder después de su muerte.

Convocó al Senado para la lectura del testamento, pero nada más empezar a hablar se le cortó la voz y empezó a sollozar, después de mostrar a todos lo senadores la firma de Augusto en el testamento, un liberto comenzó a leer. "Habiéndome arrebatado la adversa fortuna a mis hijos, Cayo y Lucio, nombro a Tiberio César mi heredero por una mitad, más el sexto". De este modo confirmaba también que lo hacía más por necesidad que por su propio gusto. Aunque ni por asomo tenía en mente rehusar este nombramiento, se hizo de rogar un poco alegando la carga tan grande que se le venía encima y pidiendo que se le permitiese en algún momento de su vida retirarse para descansar en su vejez.

Desde el comienzo de su mandato tomó la precaución de no alardear de su título, no dejó que le llamasen Padre de la patria y decidió no adoptar el nombre de Imperator. Se condujo con tanta sencillez y moderación como un particular. Prohibió que le consagrasen templos, sacerdotes y flámines (trece Sacerdotes que sirven a una Divinidad determinada), y hasta que le hicieran estatuas sin su consentimiento. Prohibió: que fuesen colocadas entre los dioses, sino simplemente como adorno, que se jurase obediencia a sus actos y dar al mes de septiembre el nombre de Tiberio y al de octubre el de Livio. Solamente ejerció el poder consular tres veces: la primera, durante pocos días, la segunda, por tres meses; y la tercera, aunque ausente , hasta los idus (15)de mayo.

Tanta repugnancia sintió por la adulación que nunca permitió que ningún senador marchara junto a su litera para hablarle o saludarle y en una ocasión un ex cónsul para pedirle perdón intentó abrazarse a sus rodillas, Tiberio retrocedió con tanta rapidez que cayó de espaldas. Y cuando alguien le criticaba y se enteraba de los versos difamatorios que circulaban por la ciudad, se limitaba a decir que en una ciudad libre, la lengua y el pensamiento debían ser libres. De él se han conservado estas palabras:"Si alguno habla mal de mí. procuraré contestarle con mis acciones, y si continúa odiándome, le odiaré a mi vez." Devolvió al Senado todo el poder del que gozase en su día y no había asunto pequeño o mediano, público o particular del que no se diese cuenta al Senado. Se involucro en la vida de Roma, bajó los salarios que le parecía excesivos y subió los que le parecían bajos, los juegos del circo, el pescado, la higiene de las tabernas... y hasta en su casa, para dar ejemplo de economía, se comían las sobras del día anterior.

Poco a poco le cogió el gusto a eso de mandar y crear leyes para cualquier cosa como prohibir el besarse todos los días (para evitar contagios).
En los dos primeros años de reinado no salió de Roma y posteriormente se limitó a visitar las ciudades más cercanas. Cada año anunciaba que visitaría las provincias y el ejercito. Se hacían los preparativos, se retenían los carruajes, las ciudades y colonias se aprovisionaban para su visita... pero él nunca partía, por esta razón le llamaban Calípedes, histrión griego que corría por el teatro sin nunca avanzar más de un codo.
Pero cuando murieron sus hijos Germánico y Druso se retiró a la Campania ( región del sur de Italia) y muchos pensaron que nunca volvería a Roma y que sucumbiría en poco tiempo. En lo de no volver a la ciudad acertaron en lo otro no, sobrevivió a un desprendimiento de rocas que acabó con casi todos sus acompañantes, él sobrevivió contra todo pronostico. De allí viajó a la isla de Capri que le gustó mucho porque solo era abordable por un lado y por una entrada muy estrecha siendo todo lo demás muy escarpado.

Abandonó el cuidado del gobierno. Lejos de las miradas de Roma, dio rienda suelta a todos los vicios que hasta entonces había disimulado. Cuenta Suetonio que tenía una habitación destinada
a sus desórdenes más secretos, guarnecida de lechos en derredor. Allí, un grupo elegido de muchachas, de jóvenes y de disolutos que habían inventado monstruosos placeres y a los que llamaba sus "maestros de voluptuosidad", se unían en triple cadena y, entrelazados de esta manera, fornicaban en su presencia para despertar, por medio de este espectáculo, sus lánguidos deseos. Tenía además diferentes cámaras diversamente arregladas para estos placeres, adornadas con cuadros y bajorrelieves lascivos, y llenas de libros de Elefántide (poetisa autora de una obra pornográfica), con objeto de tener en la acción modelos que imitar. Cuenta también que había enseñado a niños de tierna edad, a los que llamaba sus pececillos, a que jugasen entre sus piernas en el baño, excitándole con la lengua y los dientes, y también que, a semejanza de niños grandecitos, pero en lactancia aún, le mamasen los pechos.

En este retiro cultivó el odio contra los suyos, primero contra su hermano Druso, luego contra su esposa Julia que aunque su exilio se extendía a toda una ciudad, él mandó que no la dejasen salir de casa ni ver a nadie y le retiró la pensión que le había dejado su padre. Su madre se volvió odiosa para él, imaginándose que quería ser partícipe en el poder. Terminó por no querer ni verla, incluso cuando ya estaba moribunda, haciéndose esperar muchos días para sus funerales.

Se creía por encima del bien y del mal y llevó a la muerte o la ruina a todo aquel que se le antojaba. No había día sin condena y como estaba prohibido condenar a muerte a las vírgenes, el mismo verdugo las violaba y luego las ejecutaba.
Solo en dos ocasiones intentó volver a Roma, pero en ambas no llegó a pisar tierra, se volvía antes de llegar.

Murió en el año 37, a la edad de 77 años. Su muerte fue recibida con entusiasmo entre el pueblo romano, que quería hacerse con el cadáver para tirarlo al Tíber. Su sucesor sería Calígula, hijo de Germánico.

"La vieja sirena" de José Luís Sampedro.

Narra la historia de una mujer que no recuerda su pasado. No recuerda que nació sirena y que rechazó su inmortalidad para disfrutar de los placeres de los humanos. Sus recuerdos más antiguos son su aparición en una playa completamente desnuda y como la acogieron las gentes que allí vivían. Así, sin apenas recuerdos es comprada como esclava en Alejandría para la casa de Ahram "el navegante". Nada más llegar le cortan su preciosa melena color ámbar para que su dueña se haga una peluca. Intenta pasar desapercibida pero su belleza no pasa desapercibida ni siquiera para el dueño de la casa. Al salvar al nieto de este del ataque de un perro, pasa a convertirse en su niñera, esto le permite estar cerca de Ahram ya que el niño adora a su abuelo y salir en barca con él. Poco a poco "el navegante" se va dando cuenta de que esa mujer es distinta a las demás y su curiosidad da paso a sentirse atraído por ella. Ambos comienzan una relación y en su primer encuentro, en pleno éxtasis, Glauka recupera todos sus recuerdos. Se lo cuenta a Ahram que lo cree todo casi sin sorprenderse, tan convencido estaba de que ella no era normal.

Glauka pasa muchos momentos con Krito, el filosofo que en una ocasión salvó la vida de Ahram, ganándose así su amistad y gratitud. Krito es un hombre que a veces se siente mujer y a veces hombre. En Glauka encuentra a la compañera perfecta, ella lo comprende y ambos comparten su amor por Ahram. Esta amistad desemboca en algo más, lo que enfurece a Ahram pero que al final acaba comprendiéndolo todo. Ellos son sus dos estrellas, sus amuletos, su sirena y su filósofo.

Para mí es una novela mágica, que transporta a quien la lee a la Alejandría del siglo III. Una época convulsa y llena de intrigas por todas partes, pero también de belleza. Está escrita en mayor parte en monólogo interior, lo que nos permite conocer lo que sienten distintos personajes en una misma situación. Una historia de amor con retazos de historia, incluso el faro de Alejandría se convierte en protagonista al final de la novela.

Este es uno de esos libros que da pena acabar.

Julio César, sus frases, anécdotas y curiosidades.

Para hablar de ello me he remitido a la obra de Suetonio (70 d. C. - 140 d. C.) Vida de los doce césares. He de decir antes de empezar que, haciendo gala de su fama de seductor, César acabó cautivando al erudito y moralista autor de su biografía.

Dícese que su estatura era elevada, blanca la tez, bien conformados los miembros, cara redonda, ojos negros y vivos, temperamento robusto, aunque en sus últimos tiempos sufrió repentinos desmayos y terrores nocturnos que le turbaban el sueño. Dos veces también experimentó ataques de epilepsia en público. Daba mucha importancia al cuidado de su cuerpo, y no contento con que le cortasen el pelo y afeitasen con frecuencia, hacíase arrancar el vello, según le censuraban y no soportaba con paciencia la calvicie que le expuso más de una vez a las burlas de sus enemigos. Por esta razón se atraía sobre la frente el escaso cabello de la parte posterior, y de cuantos honores le concedieron el pueblo y el Senado ninguno le fue tan grato como el de llevar constantemente una corona de laurel.
Cuidadoso era también de su traje. Usaba laticlavo guarnecido de franjas que le llegaban hasta las manos, poniéndose siempre sobre esta prenda el cinturón muy flojo. Esta costumbre hacía decir frecuentemente a Sila, dirigiéndose a los nobles:”Desconfiad de ese joven tan mal ceñido.”

Decía que descendía de reyes y de dioses, de reyes por parte de madre, su tía Julia descendía de reyes y de dioses porque de Venus descendían los Julios.

Siendo cuestor en la Hispania Ulterior, llegando a Cádiz, al ver una estatua de Alejandro Magno, suspiró profundamente como deplorando su inacción y censurando no haber realizado todavía nada grande a la edad en que Alejandro había conquistado ya el universo. Dimitió y volvió a Roma.

Siendo cónsul junto con Bíbulo, acaparó todo el poder y dirigió todos los asuntos del Estado por su sola y soberana autoridad. Hasta tal punto que algunos, antes de firmar sus cartas, las fechaban escribiendo no “en el consulado de César y Bíbulo” sino de “Julio y de César“. También, a modo de burla, se hicieron circular estos versos:

Nada es de Bíbulo, todo es de César, porque nadie recuerda lo que aquel cónsul ha hecho.”

Ten feliz se sentía cuando le entregaron la Galia que lo proclamó a los cuatro vientos y se jactó en mitad del senado de haber llegado al colmo de sus deseos.

A las orillas del Rubicón, antes de entrar en Roma al comienzo de su guerra contra Pompeyo, dijo a sus soldados: “Marchemos adonde nos llaman los signos de los dioses y la iniquidad de los enemigos. La suerte está echada”.

Al ir a apoderarse de las tropas que Pompeyo tenía en Hispania, dijo antes de partir que:”iba a combatir a un ejercito sin general para volver a combatir a un general sin ejercito”.
Cuando se celebro su victoria sobre el Ponto, veíase entre los demás ornamentos triunfales un cartel con las palabras “vine, vi, vencí”, por la rapidez de la batalla.

Corrigió el calendario, adaptando el año al curso del sol y lo compuso de trescientos sesenta y cinco días, suprimiendo el mes intercalado, aumentando un día a cada cuatro años. Para que todo encajase, añadió dos meses, entre noviembre y diciembre, teniendo por consiguiente este año quince meses, contando el antiguo mes intercalado que caía en él.

Prohibió el uso de literas, de la púrpura y las perlas, exceptuando a ciertas personas, ciertas edades y determinados días.

En una ocasión mandó encarcelar a su panadero por servir a los invitados pan diferente del que le había servido a él.

Desde el principio de su vida pública se le supuso una relación con Nicomedes, lo que provocó todo tipo de comentarios: “Todo lo que Bitinia y el amante de Cesar llegaron a poseer”, “rival de la reina y almohada del lecho real”, “establo de Nicomedes”, “reina de Bitinia”… En otra ocasión Bruto le dio a Pompeyo el titulo de rey y a César el de reina. Era Vox populi, incluso Cicerón no se cansaba de hablar y escribir sobre ello, contaba que César fue llevado a la cámara real por soldados, que se acostó en ella cubierto de púrpura en un lecho de oro, y que aquel descendiente de Venus prostituyó en Bitinia la flor de su edad, le dijo un día en pleno senado, estando César defendiendo a la hija de Nicomedes y recordando los favores que debía a este rey le cortó tajante Cicerón:

“Omite, te lo suplico, todo eso, porque demasiado sabido es lo que has recibido y lo que le has dado”.

En fin, el día de su triunfo sobre las Galias, los soldados, entre los versos con que acostumbraban a celebrar la marcha del triunfador, cantaron los conocidísimos:

”César sometió las Galias y Nicomedes a César. He aquí a César que triunfa porque sometió las Galias y Nicomedes, que sometió a César, no triunfa”.
Muy dado a la incontinencia sexual era muy esplendido para conseguir estos favores y corromper a gran número de mujeres de elevado rango. A todas amó en cierto modo, pero a ninguna como a Servilia, la madre de Bruto, a la que dio durante su primer consulado una perla que le había costado seis millones de sestercios; también le hizo adjudicar a bajo precio las propiedades más hermosas que se vendieron en subasta. “Ciudadanos, esconded a vuestras esposas; aquí traemos al adultero calvo”, así cantaban sus soldados el día de su triunfo sobre las Galias.

También amó a reinas, entre otras a Eunoe, esposa del Bogud, rey de Mauritania; pero amó mucho más a Cleopatra, con la que frecuentemente prolongó comidas hasta la nueva aurora, y en nave suntuosamente aparejada hubiese penetrado con ella desde Egipto a Etiopía si el ejercito no se hubiera negado a seguirle; hízole, venir en fin a Roma, no dejándola marchar sino colmada de dones y consintiendo llevase su nombre el hijo que tuvo de ella (Cesarión). Algunos escritores griegos dijeron que este hijo se parecía a César en el rostro y apostura. Marco Antonio aseguró en pleno Senado que César lo había reconocido, e invocó el testimonio de algunos amigos suyos, entre ellos Cayo Opio que escribió un libro titulado "No es hijo de César el que Cleopatra dice serlo."

Por otra parte Helvio Cinna, tribuno del pueblo, manifestó a muchas personas que tuvo redactada y dispuesta una ley que César le mandó proponer en su ausencia, por la que se le permitiría casarse con cuantas mujeres quisiese para tener hijos.

En fin, tan desarregladas eran sus costumbre y tan notoria la infamia de sus adulterios que Curión padre le llama en un discurso “marido de todas la mujeres y mujer de todos los maridos.”

Comedido en la bebida, dijo de él Catón:”De cuantos han querido derribar la república solamente César fue sobrio". Tan indiferente era con los manjares que le ofrecían que un día fue el único que no rechazó un plato con aceite rancio, incluso repitió para agradar al anfitrión.

Diestro en el manejo de las armas y caballos, soportaba la fatiga más de lo que puede creerse, precedía al ejército, unas veces a caballo y con más frecuencia a pie. Salvaba largas distancias con increíble rapidez, sin equipaje, en un carro de alquiler, recorriendo de esta manera hasta cien millas por día; si le detenían ríos, los pasaba a nado o sobre odres henchidos.

En una ocasión, habiendo caído al saltar del barco, para que nadie viese en ello un mal presagio, exclamó:”Ya eres mía, África”.

Montaba un caballo singular, cuyos cascos parecían pies humanos, estando hendidos a manera de dedos; caballo que había nacido en su casa, prometiendo los augures a su dueño el imperio del mundo; por cuya razón lo crió con cuidadoso esmero, encargándose él mismo de domarlo, elevándole más adelante una estatua delante del templo de Venus Genetrix.

En la guerra de Alejandría tubo que saltar al mar para salvar su vida. Recorrió a nado el espacio de doscientos pasos hasta una nave, sacando la mano derecha fuera del agua para que no se mojasen los escritos que llevaba, y cogido con los dientes su manto de general para no dejar aquel despojo al enemigo.Cuando consiguió el poder soberano, elevó a los primero honores a algunos hombres de baja estofa, y cuando se lo censuraron, contestó:”Si bandidos y asesinos me hubiesen ayudado a defender mis derechos y dignidad, les mostraría igualmente mi agradecimiento.”
Era por naturaleza benévolo, hasta en las venganzas. Cuando se apoderó de los piratas, de quienes fue prisionero y a quienes en aquella situación juró crucificar, no les hizo clavar hasta después de estrangularlos.

Cuando su esposa Pompeya fue acusada de adulterio y el aseguró no haber visto nada, le preguntaron que por qué la había repudiado:”Es necesario que los míos estén tan exentos de sospecha como de crimen.”
A pesar de su moderación y clemencia tanto en batallas como en su vida corriente, se le imputan acciones y palabras que demuestran el abuso del poder y que parecen justificar su asesinato. No contento con aceptar honores excesivos, como el consulado vitalicio, la dictadura perpetua, la censura de las costumbres, el título de Imperator, el dictado de Padre de la Patria, una estatua entre las de los reyes y una especie de trono en la orquesta, consintió además que le decretasen otros superiores a la medida de las grandezas humanas: tuvo silla de oro en el Senado y en su tribunal; en las pompas del circo un carro en el que se llevaba religiosamente su retrato; templos y altares y estatuas al lado de las de los dioses; como éstos tuvo lecho sagrado; sacerdotes lupercos, y en fin, el privilegio de dar su nombre a un mes del año. No existen distinciones que no recibiese según su capricho y que no diese de la misma manera.

En fin, la copa se iba colmando y llegó el punto de inflexión. El número de conjurados se elevaba a más de sesenta, siendo Cayo Casio y Marco y Décimo Bruto jefes de la conspiración. Acordaron el ataque para los idus de marzo (15 de marzo), una reunión del Senado en la sala de Pompeyo, convinieron por unanimidad no buscar momento ni paraje más oportunos.

Muchos prodigios le anunciaron a César su inminente fin. Estuvo tentado de no salir de casa. En cuanto se sentó, le rodearon como para saludarle. El primer ataque le hirió un poco más debajo de la garganta, a esta le siguieron veintidós y viendo que era el fin, se envolvió la cabeza en la toga y con la mano izquierda se bajó los paños sobre las piernas, a fin de caer con más decencia. Dicen que al ver a Bruto le dijo:”Tú también, hijo mío”.
Según el médico, de las veintitrés puñaladas, solamente era mortal la segunda que había recibido en el pecho.

Su testamento se leyó en casa de Marco Antonio, dejando a su sobrino nieto Octavio como heredero más favorecido.

Se formó una pira en el Campo de Marte, al lado de la tumba de Julia, su hija y esposa de Pompeyo. Se le otorgaron todos los honores divinos y humanos. En cuanto terminaron los funerales, corrió el pueblo con antorchas a las casas de Bruto y Casio, siendo rechazado con gran trabajo.

La víspera de su asesinato, cenando con Marco Lépido, éste le preguntó que cuál es la muerte más apetecible, contestó:”La repentina e inesperada.”

Sucumbió a los cincuenta y cinco años de edad, y se le colocó en el número de los dioses, no solamente por decreto del Senado sino también por el vulgo, que estaba persuadido de su divinidad. Durante los juegos que había prometido celebrar y que dio por él su heredero Augusto, apareció una estrella con cabellera, que se alzaba hacia la hora undécima (las 5 de la tarde) y que brilló durante siete días consecutivos, creyéndose que era el alma de César recibida en el cielo, siendo ésta la razón de representarle con una estrella sobre la cabeza. Se mandó tapiar la puerta de la sala donde la mataron; llamose parricidio a las idus de marzo y se prohibió para siempre que se reuniesen los senadores en este día.
Casi ninguno de sus asesinos le sobrevivió más de tres años ni murió de muerte natural, naufragios combates o clavándose el mismo puñal con que hirieron a César.

He de decir que si a Suetonio (autor de esta biografía) lo había conquistado, a mí también. Vivió su vida como quiso y obtuvo de ella todo lo que deseó. Su muerte no podía ser natural, no me lo imagino muriendo de viejo, empequeñecido por la edad, mermados su ingenio y su deseo.

Olimpia, la madre de Alejandro.

Su verdadero nombre era Políxena. Se cuenta que el día antes de su boda con el rey Filipo de Macedonia, soñó que un rayo le caía sobre su vientre y el fuego se propagaba por toda la habitación hasta extinguirse. Lo que todo el mundo interpretó fue que el dios de dioses, el mismísimo Zeus queriendo rememorar sus aventuras pasadas con humanas, habría querido dejar su huella en la princesa. Se dice también que justo nueve meses después daba a luz un varón mientras su esposo vencía en la carrera hípica de los Juegos Olímpicos del año 356 a. C.

En honor de esa victoria dejó de llamarse Políxena y pasó a llamarse Olimpia. Su hijo no solo fue el “dueño del mundo”, sino también un dios, el decimotercero del panteón griego: Alejandro Magno.

Mujer de carácter fuerte y decidida a influir en los devaneos de su tiempo, aunque era esposa y madre de rey, no fue nunca considerada institucionalmente bajo el título de reina, es más ni siquiera ostentó en exclusiva el título de consorte ya que lo compartió con al menos seis esposas más.
En una sociedad marcadamente masculina, Olimpia proyecta sus deseos a través de su hijo Alejandro. Pero la monarquía macedonia no era hereditaria por lo que cualquier cambio en la vida de Filipo podía dar al traste con los deseos de Olimpia: ver a su hijo convertido en rey. Y eso es justamente lo que estuvo apunto de ocurrir. En el apogeo de su poder, Filipo se casa con Cleopatra, hija de un importante aristócrata macedonio y si su boda con Olimpia sirvió para forjar una alianza entre vecinos (Molosia y Macedonia), dicha alianza ya no era tan necesaria. Así, en la boda, el padre de la novia se atrevió a dudar de que Alejandro llegase algún día a reinar.

Olimpia es desterrada a Molosia y busca el apoyo bélico de su hermano Alejandro el Epirota, rey de Epiro pero, aunque éste la apoya, Filipo es más hábil y para evitar cualquier ataque promueve el casamiento de su cuñado con su propia hija, nacida de Olimpia. Aun así este matrimonio no le traería tantas ventajas como él pensaba, irónicamente es asesinado durante la ceremonia del mismo por Pausanias, un miembro de su guardia personal. Lo que él pensaba que le beneficiaria, benefició a su esposa y rival. Olimpia regresó a Macedonia, recuperó su influencia, mandó matar a la nueva esposa del rey y a su hija, mientras que Alejandro se encarga del resto. Ya nadie le puede discutir que es el legítimo heredero y con veintiún años se va a conquistar el mundo.Olimpia ya no volverá a ver más a su hijo y su relación se limitará a las numerosas cartas que se escriben. Antípatro, general de la vieja guardia de Filipo y aliado de Alejandro en su ascenso al trono, queda como regente en su ausencia, lo que provoca numerosos roces con la “reina madre”. Estos roces provocaron un nuevo retiro a Molosia.

En el verano de 323 a. C., llega la noticia de la muerte de Alejandro. Ahora la prioridad de Olimpia es derrocar a Antípatro y mantener la línea sucesoria en el hijo póstumo de Alejandro con la princesa irania Roxana, el pequeño Alejandro IV. La reina espera la ocasión, se suceden las regencias y en el resto del imperio, los generales de Alejandro luchan por el poder. Y es en el año 317 a. C. cuando Casandro, hijo de Antípatro, ya fallecido, se hace con el poder en Macedonia, Olimpia decide atacar.

Lo poco que se sabe procede de fuentes hostiles a su persona y hacen especial hincapié en la crueldad con que Olimpia pasó a cuchillo a Arrideo, el hermanastro deficiente de Alejandro y como masacró a los seguidores de Casandro. Se llega a decir que en los baños de sangre que siguieron a las muertes de su marido y de su hijo, Olimpia aparecía siempre con las manos teñidas de rojo.

Estuvo cerca de conseguir su objetivo pero le falto apoyo militar en el momento preciso, además la ayuda ateniense se decantó por el bando de Casandro. Esta derrota desembocó en su ejecución, la de su nuera y la de su nieto en el 316 a. C. Con su muerte moría también el sueño de perpetuar la estirpe de Alejandro.

"Amanecer" de Stephenie Meyer.

La última entrega de la saga de “Crepúsculo” comienza con los preparativos de la inminente boda de Bella y Edward. A ella acuden sus amigos e incluso Jacob que se había alejado del pueblo desde los últimos acontecimientos. Durante el banquete habla con Bella y al final acaba amenazando de muerte a Edward, ya que se supone que la boda es la antesala para que Bella pase a convertirse en vampiro. Su luna de miel es en isla Esme, propiedad de los Cullen. Allí Edward cumple su promesa de “intentar” hacer el amor sin que ella muera en el intento, pero el resultado es, pese a su felicidad, el cuerpo lleno de moratones de Bella. Edward jura no volver a tocarla hasta que ella no sea fuerte como él, pero ella se las ingenia y lo consigue dos veces más. Al día siguiente, se da cuenta de que está embarazada y de que la cosa va más rápido de lo normal, ¡incluso nota como se mueve!
Edward quiere que aborte porque no saben a qué atenerse, además el bebe le hace daño a Bella, le rompe costillas cada vez que se mueve más de la cuenta, pero ella se niega a matar a su hijo. Cuando los quileutes se enteran de este “embarazo-prodigio”, piensan que es una amenaza tanto para su manada como para los humanos y creen que lo mejor es acabar con la vida del bebe aunque para ello haya que matar a la madre. Jacob se niega y se revela, a él se unen Seth y Leah. Juntos corren a avisar a los Cullen.
El embarazo dura un mes. El parto se complica y para salvar su vida, Edward tiene que morderla y convertirla en vampiro.
El bebe es niña y, aunque la intención de Jacob era matarla nada más nacer, enseguida se siente atraído por ella, se ha “imprimado”, ha encontrado a su alma gemela. Esto hace que adquiera con sus antiguos enemigos un compromiso mucho más fuerte, no se separará de Renesmee nada más que lo justo, además a la niña también le gusta él. Crece cuatro centímetros al día y con tres meses aparenta dos años.
Cuando todo es felicidad y dicha alrededor de Bella, incluso ha podido ver a su padre después de convertirse en vampiro y explicarle sin palabras la procedencia de Renesmee, Alice tiene una visión, los Vulturis vienen a matarlos. Para ellos está prohibido crear niños vampiros, son un peligro, pueden descubrir su secreto. Alice y Jasper salen de la casa en busca de alguna visión, ya que con Jacob y la niña cerca no lo consigue. Ya no vuelven, el resto piensa que será por el bien general ya que Aro, uno de los jefes Vulturi la quería en su sequito por sus visiones.Los Cullen deben encontrar la manera de explicarles que Renesmee no es vampira, que nació de Bella cuando ella aun era humana por lo que es mitad vampira y mitad humana y que no representa amenaza alguna ni para los humanos ni para ellos mismos. Su plan consiste en convocar a todos los vampiros que conocen y explicarles todo lo referente a la niña y que por ellos mismos comprueben que crece, cosa que no hacen los niños convertidos en vampiros y les sirvan como testigos frente a los Vulturis. Además Renesmee tiene el don de mostrar, tocando a las personas, cosas que han sucedido y que ella ha visto, así a los vampiros que van llegando les muestra el momento de su nacimiento y otras cosas para demostrarles que todo lo que cuentan es cierto.
A los que van llegando se une también la manada de lobos, convencida ya de que la niña no es una amenaza se preparan para la llegada de los Vulturis.
La llegada se produce al mes de la visión de Alice. Sus intenciones no son amistosas e incluso después de que Renesmee les toque y les haga ver su procedencia, no cambian de idea. Quieren aniquilar a esa familia de vampiros tan atípica que respeta la vida de los humanos. Los Cullen son el grupo de vampiros más grande que hay después de ellos y ahora además se encuentra incrementado con los testigos y los lobos listos a saltar sobre ellos. Preguntan a varios testigos y todos ellos coinciden en que han visto crecer a la niña y que no ven peligro alguno en ella. Pero siguen buscando una excusa… no saben en qué se convertirá el día de mañana. Cuando Jacob se prepara a huir con ella en el lomo aparece Alice con Jasper y tres desconocidos. Entre ellos se encuentra un chico de unos diecisiete años cuya procedencia es la misma que la de Renesmee: padre vampiro y madre humana. Él les explica que tiene ciento cincuenta años y que alcanzó la madurez con siete, que se puede alimentar tanto de sangre como de comida humana. Poco a poco los Vulturis van entrando en razón y no encuentra ninguna excusa lógica para atacar, así que se marchan como vinieron.
Y así termina la historia, todo amor y felicidad por todos lados, lobos y vampiros hermanados por el bien de la humanidad.
Está bien, sobre todo la segunda parte del libro que está contada por Jacob, tiene muchos puntos graciosos. Muy bueno también la manera de explicarle a Bella que ha “imprimado” a su bebe y la reacción de esta. Bastante emocionante el cambio de relación entre los lobos y los vampiros, la necesidad de unirse por el bien común.
Bueno, espero que no se ponga de moda esto de escribir las historias por tomos, es peor que engancharse a cualquier serie de televisión.
Si tengo que elegir uno de los cuatro libros, sin duda, me quedo con "Crepúsculo".