Un hombre extraordinario

En estos tiempos en los que da pánico ver las noticias sería bueno que hubiera más hombres como del que voy ha hablar hoy. Se trata de Amenofis IV o Amenhotep IV más conocido como Akenaton. Fue el décimo faraón de la dinastía XVIII, tachado de loco, de homosexual, de hereje y de haber dejado el reino en manos de sus enemigos, pero, lo que es seguro es que fue el primer monoteísta de la Historia.


Ojalá todos los locos fuesen como él. En un país donde había dioses hasta debajo de las piedras, él se atrevió a deponer a todos los dioses, incluido el todopoderoso Amón e imponer la adoración a un único dios, Atón. Se cambió su nombre Amenhotep (el que agrada a Amón) por Akenatón (el que agrada a Atón) y como veía que su reforma religiosa no tendría éxito si no se alejaba de la ciudad de Tebas, dedicada enteramente a la adoración de Amón, decidió que tenía que crear una ciudad. En unas de sus múltiples escapadas al desierto siguiendo a su dios, en medio de delirios y visiones dijo que su dios se le había aparecido en mitad de la nada y le había indicado el lugar elegido para levantarla. Fue en Amarna, en mitad del desierto. En unos años, donde solo había arena, sol y viento, se levantó una ciudad llena de jardines y por donde corría el agua por todas partes. Enormes patios abiertos, habitáculos sin techos para dejar pasar al dios atón. Pronto toda la familia y toda la corte se trasladó allí. La bella Nefertiti (la bella ha llegado) corregente y sus hijas (siete). Su revolución no fue solo en el ámbito religioso sino también a lo que se suponía debía ser el comportamiento de un faraón. A ambos se les veía pasear juntos en carro, incluso a Nefertiti conduciendo el suyo propio, besarse en público y sentir auténtica adoración por sus hijas, como se puede ver en algunos relieves que aquí muestro donde los rayos del sol terminan en manos que les acarician.


Pero no todo era felicidad, los sacerdotes de Amón, desposeídos del poder del que habían gozado durante siglos, no estaban contentos y conspiraban en la sombra. Las fronteras del país se había desprotegido y se producían altercados que iban dejando a Egipto cada vez más mermado en cuanto a terreno y mercancías que no llegaban a su destino. Sus generales le animaban a dar un escarmiento, los países aliados le pedían ayuda. En vez de eso, Akenaton les enviaba cartas en las que les hablaba de la grandeza del dios único y cruces de la vida en señal de su buena voluntad. Y sus enemigos se reían y las colonias de Siria se perdieron. El reino se tambaleaba, su rey deliraba, se perdía en el desierto mirando al sol y hablando de paz y la bondad de los hombres.

No se sabe muy bien que pasó al final, cual fue el motivo de la muerte de Akenaton, que reinó durante 17 años y por poco pierde todo lo que su padre y sus antecesores habían conseguido, pero lo que más se sospecha es que murió envenedado. Algunos dicen que lo sucedió Nefertiti con el nombre de Semenejkara.

Poco a poco la ciudad empezó a quedar desierta y el dios Atón volvió a ocupar su lugar y Amón el suyo. Tebas volvía ha recuperar la vida de años anteriores. Y cuando Tutankamon, antes llamado Tutanjaton, murió, Horemheb, el sucesor final, se encargó de borrar todo rastro de Akenaton, Semenejkara y Tutankamon. Poco a poco el país fue recuperando todo su esplendor del pasado.


1 comentarios:

reinasinespejo dijo...

Qué hechos tan interesantes nos cuentas Abisinia.

Gracias a este blog voy a ir refrescando episodios de la historia que por mi mala memoria había olvidado.