Juana "la Loca". La reina del tablero.

Eso fue más o menos en lo que la convirtieron los hombres de su vida, en una pieza de su particular ajedrez. Primero su padre Fernando “el Católico“, luego su esposo Felipe “el Hermoso” y más tarde su hijo el emperador Carlos. Juana, víctima de trastornos psicológicos, pasó la mayor parte de su vida recluida en Tordesillas.
Mucho se ha discutido sobre el origen del sobrenombre por el que ha pasado a la historia: Juana “la loca”. Ya esta idea surgió en vida de la reina por los arrebatos que le daban o simplemente por rumores o visiones más bien superficiales pero que beneficiaban siempre a alguien en detrimento de la reina. A finales del siglo XIX, en pleno esplendor del romanticismo, surgió otra idea, la reina Juana estaba loca sí, pero de la pasión desenfrenada que sentía por su marido Felipe “el Hermoso”. “Loca, sí, pero loca de amor” se dijo.
Algunos estudiosos han coincidido en que Juana padeció esquizofrenia, de ahí la obsesión por su marido y creencia constante de que conspiraban contra ella. Aun así, se piensa que estos problemas no eran tan graves como para que Juana no pudiese reinar como reina consorte. Pero claro, le tocó un tiempo difícil y un marido que era un “adonis” que no dejaba pasar ni una. Juana recibió una educación al estilo italiano, aprendió latín y francés, danza, música, además de coser y cocinar. Alguien dijo de ella: “La más hermosa y fascinante dama que pueda imaginarse…, una criatura tan gentil, joven y bella…”Los Reyes Católicos convirtieron la monarquía española en una superpotencia, la mayor del continente a lo largo del siglo XVI y Juana era una pieza más para garantizar esto. Se concertaría su matrimonio con algún heredero de estado europeo para extender su influencia por el continente. A los dieciséis años se concreta su matrimonio con un joven príncipe que reside en Flandes, un año mayor que ella y heredero del Sacro Imperio, los Países Bajos y Borgoña, ósea, el mejor partido del momento. Y allí llegó ella, rodeada por toda su corte enteramente española, asustada por todo lo que conlleva un cambio de vida y además con el encargo de sus padres de servir como agente político para la política internacional de los Reyes Católicos. Pero toda esta estrategia política se vino abajo con el flechazo de los prometidos (por lo menos Juana) nada más verse. Según testimonios de la época, Felipe era bello, esbelto y vigoroso, rubio y ojos azules, orgulloso y seguro de sí mismo, irradiaba energía. Hay una anécdota que cuenta que en la primera entrevista entre ambos, en vez de esperar a la celebración pública del enlace, como establecía el protocolo, los novios hicieron que el sacerdote que tenían más a mano los casara a toda prisa para a continuación desaparecer durante dos días y dos noches en luna de miel anticipada. A su vuelta se produjo la boda oficial.
Para Juana, vivir en Flandes fue toda una liberación. Lujo, placer y lejos de su madre y del rigor religioso castellano. Pero poco a poco Juana se va aislando, su marido la desatiende y empieza a tener ataques de histeria sin importarle quien esté delante y lo que puedan contar de ella. Empiezan a llamarla “loca” y que habría que encerrarla. La cosa empeora cuando muere su hermano mayor y heredero de la corona, Juan. Poco después Miguel, su sobrino. Juana se convierte así en la única heredera. Todo apuntaba a que se convertiría en emperatriz de Alemania y condesa de Borgoña, además de futura reina de Castilla y Aragón. Aprovechando un viaje a la península, Felipe busca partidarios que lo apoyen cuando Isabel (ya enferma) muera y la corona vaya a manos de Juana en vez de Fernando, su viudo. Como el ambiente no es muy cordial entre el yerno y los suegros, después de la jura como herederos de las dos coronas, Felipe se marcha apresuradamente a Flandes antes de que Juana, en avanzado estado de gestación, dé a luz. Los lamentos de Juana por su marcha se escucharon por todo el palacio durante una noche entera. En cuanto dio a luz a su cuarto hijo, Fernando, declaró que deseaba volver a Flandes. Pero ya había planes para ese niño, querían criarlo en España, para llegado el caso excluir a su padre “el Hermoso” y que el hijo heredara en su lugar. De este modo obligaban también a Juana a permanecer en la península. Primero en Segovia, luego en Medina del campo, donde Juana se reveló decidida a partir. Hizo preparar a su séquito, pero los reyes retiraron a los caballeros, así que pensó salir ella misma a pie, pero se encontró la puerta cerrada y nadie obedecía sus ordenes de abrirla. Estuvo todo un frío día de noviembre sentada al pie de la verja, sin comer, gritando, hasta que por la noche consiguieron llevarla a su habitación.
Ahí comenzaron a tomar forma las intrigas, donde estuviera Juana estaba el poder. Su marido la reclamaba por boca de su hijo Carlos y sus padres se obstinaban en mantenerla a su lado. Al fin la dejaron marchar pero con la condición de que dejara en Castilla a su hijo Fernando. Y Felipe pronto se arrepintió de haber insistido tanto en la vuelta de su esposa porque ésta pronto volvió a las andadas e intentó atacar a la que creía amante de su esposo con unas tijeras. Estas cosas hacían que Felipe estuviera cada vez más convencido de encerrar a su esposa.Al morir Isabel la Católica, conociendo ella la incapacidad de Juana y el deseo de excluir a Felipe de su testamento, dejó prevista una regencia a favor de su esposo Fernando mientras que su nieto Carlos fuese menor de edad. Y claro está, a “el Hermoso” esto no le gustó nada así que cogió a su esposa y viajó de nuevo a España para reclamar sus derechos. Emprendieron una marcha por todo el reino para buscar apoyos entre la aristocracia enemistada con Fernando. Tuvo éxito y en cuanto él y Juana fueron jurados reyes, pensó de nuevo en encerrar a la reina por su demencia. El pueblo se posicionó a favor de Juana pero posiblemente si la muerte no hubiera sorprendido a Felipe, habría conseguido su propósito. Con su muerte, Juana se convertía en reina de Castilla. (Es curioso como el poder la persiguió durante toda su vida sin ella quererlo). Durante casi un año reinó sobre el país y muchos se acercaban a ella con curiosidad buscando algún rastro de la locura que se le suponía y la impresión que tuvieron fue la de una persona equilibrada. Revocó muchas de las “mercedes” que concediera su esposo en su breve reinado viendo sus excesos. Mientras tanto, el cardenal Cisneros, asumía a sus espaldas la dirección efectiva del gobierno mientras que volviera el rey Fernando el Católico a Castilla. Pero toda su cordura se contradijo con el asunto del traslado del ataúd de Felipe “el Hermoso” a través de Castilla durante más de dos años. Su intención era la de trasladarlo al mausoleo que su madre Isabel había construido en Granada pero eso no significaba que ella tuviera que ir detrás del féretro, acompañada de toda su comitiva entonando cánticos fúnebres e iluminado por antorchas ya que solo se movían de noche. En este deambular dio a luz a Catalina, su sexto hijo. Después continuaron el camino pero tuvieron que retroceder al encontrarse con la peste y permanecer un año en Arcos (Burgos). Estas cosas hicieron intervenir a su padre y después de que por fin enterraran a Felipe (que se paseó por España estando muerto más que en vida), el destino de Juana fue el palacio de Tordesillas, de donde ya no saldría hasta su muerte, casi cinco décadas después.

1 comentarios:

reinasinespejo dijo...

Gracias a la película que protagonizó Pilar López de Ayala tenía más o menos fresca la historia de Juana "la Loca". Triste final el suyo.