Gustavo Adolfo Bécquer.

Antes de comenzar, quiero dedicar esta entrada a Reina sin espejo por alentarme y animarme a escribir algo ya en el blog al que tengo abandonado (en contra de mi voluntad) desde hace bastantes semanas. Gracias monina.
No soy una experta en poesía, lo único que sé es que me encanta Bécquer desde que era una niña y oía a mi hermana mayor, ya entrada en la “edad del pavo”, recitando sus versos:


¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul;
¡qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.
Para mí, poesía es sinónimo de amor y de belleza. Para mí, poesía significa Bécquer. Muchos se pondrán las manos en la cabeza ante tanta simplicidad pero, en fin, sobre gustos no hay nada escrito...

Mi poeta favorito se llamaba en realidad Gustavo Adolfo Domínguez Bastida y nació en Sevilla en 17 de febrero de 1836. Aún siendo joven se trasladó a Madrid con su hermano Valeriano, aunque la mediocridad que se respiraba ahí no le fue muy propicia y vivió ignorado, solitario, pobre y por fin enfermo. Consiguió un empleo administrativo, pero su jefe lo descubrió escribiendo versos en horas de trabajo y lo despidió. Al borde de la miseria, consiguió subsistir gracias a algunas colaboraciones en revistas y periódicos. Después de vivir un gran amor, frustrado por la tuberculosis que lo llevaría a la tumba, contrajo matrimonio con Casta Esteban (lo de casta solo lo tenía de nombre), le fue infiel, no le comprendió, le dio tres hijos y lo abandonó. Cuando su talento empezaba a ser reconocido y la fortuna parecía sonreírle, murió en Madrid, a los 34 años, el 22 de diciembre de 1870. Su hermano Valeriano había muerto tres meses antes, el 23 de septiembre, así que sus últimos meses de vida transcurrieron en la más absoluta soledad.

Su obra, publicada póstumamente gracias a algunos buenos amigos, aunque breve, es más que suficiente para hacer de Bécquer el mayor poeta español, en verso y en prosa, del siglo XIX y uno de los líricos más hondos y más puros con que cuenta la lengua castellana. Heredero tardío de la poesía romántica alemana, el romanticismo de Bécquer está fuera de tiempo y de lugar. Fuera de lugar porque nada tiene que ver con la tradición romántica española y fuera de tiempo, porque se manifiesta cuando el movimiento romántico ya había pasado.

Las Leyendas de Bécquer son las hermanas en prosa de sus poemas. La prosa de un gran poeta que envuelve cada una de ellas en un halo de magia donde lo real y lo irreal se confunden, como si todo transcurriera, y lo diré como lo diría él mismo, en esos “misteriosos espacios que separan la vigilia del sueño”.

De sus Leyendas, la que más releo es sin duda la de “El monte de las ánimas”, hace que se me pongan los vellos de punta y de sus poemas no sabría por cual decantarme aunque sí tengo mis preferidos. Uno de ellos es el siguiente grabado en mí desde aquellos días por los que pasa toda persona y de los que prefiere no acordarse, o sea, la etapa más conocida como adolescencia o “edad del pavo”.

AMOR ETERNO

Podrá nublarse el sol eternamente;
podrá secarse en un instante el mar:
podrá romperse el eje de la Tierra
como un débil cristal.

¡Todo sucederá! Podrá la muerte
cubrirme con su fúnebre crespón,
pero jamás en mí podrá apagarse
la llama de tu amor.

Hay una que representa una situación por la que creo que todos hemos pasado alguna vez, esa en la que el orgullo se adueña de nosotros y esperamos a que sea la otra parte la que dé su brazo a torcer, si ninguno de los dos cede entonces pasa lo que en este poema:
XXX
Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino: ella, por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún ¿por qué callé aquel día?
Y ella dirá ¿por qué no lloré yo?
En Sevilla, en el Parque de Maria Luisa se encuentra un monumento al Poeta. Sobre una pilastra clásica se encuentra su busto, envuelto por una capa española plegada sobre el hombro izquierdo a modo de una clámide griega. A su izquierda toca la pilastra la figura de Eros-Cupido niño en bronce disparando sus flechas. Un poco más a la izquierda se encuentran sentadas tres figuras de mujer de tamaño natural (mal identificadas muchas veces con Las Gracias), que representan al amor que llega, al amor que vive y al amor que muere. A la derecha del busto de Bécquer encontramos una escultura en bronce de Eros-Cupido adulto tumbado en el suelo, agonizando, herido por las propias flechas del amor. Todo el monumento está situado rodeando a un gigantesco y centenario taxodio o ciprés de los pantanos, plantado en 1850. Si ya en fotos parece como redeado de un halo mágico y maravilloso, verlo in situ debe ser algo realmente emocionante.

Bueno, espero que os guste esta entrada ya que eso significará que os gusta Bécquer y que no tarde mucho en volver a escribir por aquí, jejeje.

3 comentarios:

reinasinespejo dijo...

Antes de nada, muchísimas gracias por la dedicatoria, qué pedazo de solete estás hecha!!!! Seguro que no soy la única que echaba en falta novedades en tu blog, pero es que yo soy "protestante" por naturaleza, jejeje.

Madre mía, qué recuerdos me trae Bécquer, sin duda de la misma época a la que tú nos remites. Esos poemas escritos en las carpetas propias y de las compañeras... Gracias por hacerme revivir esos momentos, pequeña gran-Abisinia.

Un besazo.

dina2759 dijo...

Que bellisimas poesìas, deberìas darle publicidad a tu blog, por equivocaciòn entrè y està magnifico, felicidades. Dina de Monterrey

Abisinia dijo...

Gracias Dina por tomarte la molestia de dejar un comentario, me hace mucha ilusión.

Espero volver a verte por aquí.