Cleopatra (1ª parte)

Roma sólo temió de verdad a dos enemigos, el cartaginés Aníbal y la egipcia Cleopatra, afirmó un historiador romano contemporáneo de esta reina.

Fue la séptima con ese nombre pero al evocarlo, seguro que a todos se nos viene la misma Cleopatra a la cabeza y es que fue la más conocida. La pena es que fueron sus amores con Julio César y Marco Antonio lo que la han hecho inolvidable y no que fuese inteligente, culta y la única de toda su estirpe que se molestó en aprender la lengua de sus súbditos entre los siete idiomas que hablaba aparte de sus estudios que incluían astronomía, literatura, música, medicina, matemática y ciencias políticas como era costumbre en Grecia.

Quienes la conocieron dicen de ella que su encanto radicaba más en su agradable timbre de voz, sus cuidados modales, su cultura, su inteligente conversación más que en su belleza. Aunque si tenemos en cuenta lo que dice Plutarco:

"Se pretende que su belleza, considerada en sí misma, no era tan incomparable como para causar asombro y admiración, pero su trato era tal, que resultaba imposible resistirse. Los encantos de su figura, secundados por las gentilezas de su conversación y por todas las gracias que se desprenden de una feliz personalidad, dejaban en la mente un aguijón que penetraba hasta lo más vivo. Poseía una voluptuosidad infinita al hablar, y tanta dulzura y armonía en el son de su voz que su lengua era como un instrumento de varias cuerdas que manejaba fácilmente y del que extraía, como bien le convenía, los más delicados matices del lenguaje"; "Platón reconoce cuatro tipos de halagos, pero ella tenía mil."


¿Qué decir de ella que no se sepa? Cuentan que se presentó ante César oculta dentro de una alfombra y que aquella misma noche se hicieron amantes. Gracias a él volvió una relativa paz a Egipto aunque ni ella ni su hermano-esposo bajasen la guardia el uno con respecto al otro. La paz duró poco y en la batalla se quemó la famosa Biblioteca de Alejandría. Su hermano murió y todos sus consejeros murieron con él. Pero la soltería le duró poco a Cleopatra ya que según las leyes tenía que volver a casarse con otro de sus hermanos, prácticamente un niño.

Del romance con César nació Cesarión. En Roma existía la costumbre de que si al depositar un bebe a los pies del presunto padre, éste lo tomaba en brazos, automáticamente lo reconocía como suyo. Así, en su viaje a Roma para celebrar junto a César sus triunfos, acompañada de su marido-títere y su hijo, Cleopatra en una cena celebrada en su honor depositó a Cesarión a los pies de César y éste, para escándalo de todos, lo tomó en brazos sin miramientos reconociendole ante todos como legítimo hijo suyo, cosa que años después le costaría la vida al pobre niño.

Estando Cleopatra aun en Roma se produjo el asesinato del dictador, lo que provocó la marcha precipitada de la reina temerosa de que alguien quisiera asesinar también al único heredero de César. Para su desgracia y decepción, en su testamento no la mencionaba ni a ella ni a su hijo.