Las siete maravillas de la antigüedad.

Aunque son historia, están envueltas por un halo de leyenda, sus dimensiones, su belleza aun en ruinas despertaron la admiración de generaciones. Además de todo esto, creo que son un claro ejemplo de la capacidad constructiva de la antigüedad.

La gran pirámide de Keops, el faro de Alejandría, los jardines colgantes de Babilonia, la estatua de Zeus en Olimpia, el templo de Artemisa en Éfeso, el mausoleo de Halicarnaso y el coloso de Rodas. De todas ellas, solo la gran pirámide sigue en pie, el resto ha desaparecido sin dejar apenas restos visibles que permitan una reconstrucción verosímil de cómo fueron en realidad. Los escritores antiguos que describen su aspecto no son del todo fiables y se contradicen unos a otros, además la mayoría de los testimonios no son de primera mano, sino que se basan en obras anteriores hoy desaparecidas.

Heródoto elaboró en el siglo V a.C. una lista de aquellas realizaciones humanas que en su opinión merecían la calificación de maravillas, las pirámides de Egipto, la ciudad de Babilonia y el templo de Artemisa, el resto aun no existían en tiempos de Heródoto.

La gran pirámide de Gizeh es la tumba de Keops, faraón de la IV dinastía (III milenio a. C.). Sus características más destacadas son su mole inmensa, constituida por millones de bloques de varias toneladas de peso, sus más de 140 m, la megalomanía de su inspirador y el esfuerzo humano invertido en su construcción.

Los jardines colgantes de Babilonia fueron erigidos por Nabucodonosor II para complacer a su esposa, la princesa meda Amitis, que añoraba las montañas de su patria. Estaban compuestos por terrazas y plantados sobre plataformas sostenidas por bóvedas que se iban elevando de forma gradual hasta los 24 metros de altura. Su aspecto semejaba un teatro poblado por árboles y plantas. Aunque no aparecen mencionados en los documentos babilonios ni en Heródoto, la tradición de los jardines mesopotámicos y el testimonio de Beroso, un sacerdote babilonio contemporáneo de Alejandro, revelan su existencia.

La estatua de Zeus en Olimpia, creada por Fidias, fue la más celebrada de todas las esculturas griegas debido, en parte, a la fama internacional del santuario, donde tenían lugar los Juegos Olímpicos cada cuatro años. Estaba hecha de oro y marfil, y medía 13 metros de altura. Representaba al dios sentado sobre un trono decorado con pinturas y esculturas que describían escenas mitológicas. La imponente presencia del dios en el interior del templo es una cierta penumbra, y los efectos de color producidos por la combinación de los materiales impactaban a los visitantes.

El templo de Artemisa se alzaba sobre una plataforma escalonada en la que se elevaba un bosque de columnas de más de 19 metros de altura y cuyas bases tenían un diámetro de 1,75 metros. En el espacio central, a cielo abierto, un templete alojaba la estatua de la diosa Artemisa, la Diana romana. El templo fue construido en el siglo VI a.C. Destruido por un incendio, fue vuelto a levantar en el siglo IV a.C. Además, hacía las funciones de banca de toda Asia Menor, poseía importantes propiedades y era también un lugar de asilo.

El mausoleo de Halicarnaso era la tumba construida para el rey cario Mausolo por su esposa Artemisa, a mediados del siglo IV a. C. El conjunto destacaba por la belleza de su diseño y por la riqueza de sus esculturas, ejecutadas por los mejores artistas de la época. El mausoleo estaba dividido en tres partes: un podio elevado, una columnata intermedia con 36 columnas y un cuerpo piramidal de 24 escalones coronado por una cuadriga. Un terremoto derribó la parte superior del conjunto en el siglo XIII. El monumento lograba simbolizar la fusión de las civilizaciones griega y caria, a imagen y semejanza de sus promotores.

El coloso de Rodas es sin duda la maravilla de más corta vida, construida en el 305 a. C. fue destruida por un terremoto en el 226 a. C. Representaba al dios Helios de pie y desnudo con una antorcha en la mano derecha y una lanza en la izquierda. Era de bronce, tenía 31 metros de altura y fue construido por los rodios para conmemorar su victoria sobre Demetrio Poliorcetes, hijo de unos de los generales de Alejandro. Su construcción se costeó con la venta del equipamiento de asedio abandonado por sus enemigos. El coloso se levantaba posiblemente en el entorno del templo del dios. Fue obra del escultor Cares de Lindos, discípulo de Lisipo. Es la más desconocida de las maravillas y sólo las notas de Plinio y algunas monedas que representan a Helios, permiten imaginar su tamaño y apariencia.

El faro de Alejandría se construyó a comienzos del siglo III a. C. sobre la isla que le dio su nombre. Tenía una altura cercana a los 100 metros y destacaba de manera especial por la elegancia de su concepción. Estaba dispuesto en tres cuerpos y coronado por la estatua de Zeus salvador. Muy pronto se convirtió en el gran símbolo de la ciudad y fue muy representado en mosaicos y sobre toda clase de objetos, como lámparas, vasos o monedas. La descripción más precisa respecto a su forma y apariencia es la realizada por un escritor árabe originario de la Málaga del siglo XII, llamado Ibn al-Sayg.
Son muchos los elementos legendarios referidos a las maravillas. Para empezar, el número siete aparece envuelto en toda clase de especulaciones místicas y se repite en muchas culturas: los siete sabios de Grecia, los días de la semana, los pecados capitales o los brazos del candelabro del templo de Jerusalén. Un esoterismo ocultista ha favorecido también especulaciones absurdas: las dimensiones y medidas de la gran pirámide relacionadas con claves astronómicas y matemáticas. La construcción de los jardines de Babilonia se adjudicó a la mítica reina Semíramis, conquistadora de casi todo el mundo conocido. Y del coloso de rodas se creía que dejaba pasar los barcos por debajo de sus piernas. Una postura imposible para las posibilidades técnicas de la época.
Han llegado hasta nosotros los testimonios de algunos personajes que sí pudieron ver estas verdaderas joyas en vivo y en directo. Filón definía la Gran Pirámide como una montaña apilada sobre otra. Los jardines colgantes producían desde la distancia la impresión de “bosques alzados sobre los propios montes”. Epicteto consideraba una desgracia morirse sin haber visto al Zeus de Olimpia. El poeta Antípatro exclama. “cuando divisé el templo de Artemisa, que se alza hasta las nubes, las otras maravillas fueron eclipsadas”. Los autores del mausoleo de Halicarnaso quedaron tan prendados de su obra que, según Plinio, decidieron continuarla a sus expensas. El gran coloso de Rodas despertaba gran admiración, ya que sus dedos eran mayores que muchas estatuas. Y el poeta Posidipo destaca la utilidad del faro para los navíos.
Tales maravillas han consagrado la fama inmortal de sus promotores, monarcas como el faraón Keops, Nabucodonosor y Mausolo, o santuarios y ciudades griegas como Olimpia, Éfeso, Rodas y Alejandría.