Calígula.

Si el reinado de su predecesor (Tiberio) fue una mezcla de claroscuros, el suyo fue simple y macabramente oscuro. Solo reinó durante cuatro años durante los cuales se convirtió en perfecto prototipo de déspota sanguinario. Embriagado por un poder para el que no estaba preparado fue víctima de su propia locura.
La muerte de Tiberio supuso para Roma motivo de fiesta y alegría como ya conté en mi entrada dedicada a este emperador. Toda Roma aclamaba a su joven sucesor, de aspecto frágil, vestido de luto mientras acompañaba los restos del emperador en su último adiós. Toda la ciudad rezaba por un largo gobierno de Cayo Julio César, llamado cariñosamente Calígula, (diminutivo de cáliga, el calzado que usaban habitualmente los soldados romanos y con el que Cayo había sido mostrado ante las tropas en su niñez y entre los que era conocido y apreciado). Todo parecían buenos presagios, tras los sombríos años de su abuelo, hosco y cruel (supuestamente), la gente veía por fin un rayito de luz. Descendiente de la estirpe de Augusto, llevaba el nombre de su ilustre antepasado y tenía el apoyo del ejército. Aunque habían corrido rumores sobre él, la plebe no podía saber si detrás de su semblante inocente se podía esconder una personalidad tan enrevesada.

Su niñez transcurrió en los campamentos de las legiones de Germania junto a su padre, el popular Germánico, su madre Agripina (hija de Agripa y Julia la hija de Augusto), sus dos hermanos mayores Nerón y Druso y sus tres hermanas menores Livia, Drusila y Agripina. Luego fueron enviados todos a Siria. Cuando su padre murió, aun joven y en extrañas circunstancias, se insinuó que había sido envenenado por orden de Tiberio, que estaba celoso de la popularidad de su sobrino e hijo adoptivo, pero se culpó a Cneo Pisón que fue condenado a muerte.
Cuando regresaron de Siria, Calígula vivió primero con su madre hasta que la desterraron por hablar demasiado y mal de Tiberio. Entonces fue acogida por Livia, su abuela y viuda de Augusto. Cuando ella murió, Tiberio descubrió una supuesta conspiración contra él en la que estaban implicados tanto la madre como los hermanos mayores de Calígula, así que fueron desterrados: la madre a la isla de Pandataria, Nerón a la de Pontia (ambos se dejaron morir de hambre) y Druso más o menos lo mismo pero en las mazmorras del Palatino.
Falto de otra familia, Calígula y sus hermanas pasaron a vivir con su abuela Antonia (hija de Marco Antonio y Octavia). Y en esa casa, el futuro monstruo y sus hermanas comenzaron a mantener relaciones incestuosas, con tanta frecuencia que su abuela los sorprendió un día en la cama. Aunque, como era y como siempre será, para acallar rumores, tomó como esposa a Junia Claudia, hija de un noble romano, por orden del emperador.
Cuando cumplió diecinueve años, fue llamado por su abuelo Tiberio a la isla de Capri.
Aunque Calígula odiaba a su abuelo por todo el daño que le había hecho a su familia, durante el tiempo que permaneció en la isla tuvo que disimular su resentimiento por la precaria situación en la que se encontraba. Cuentan, que durante ese tiempo se volvió cada vez más reservado y sádico, se complacía con las torturas y ejecuciones, a la vez que disfrutaba con la misma pasión y él mismo se entregaba a las artes escénicas, el mimo y la danza, prácticas consideradas “inapropiadas” entre la nobleza.
Hasta el viejo Tiberio se dio cuenta de la personalidad del joven y decía con frecuencia: “Estoy criando una hidra para el pueblo romano y un Faetón para el universo entero”. Faetón es el dios que abrasó la tierra por conducir mal el carro del sol. En otra ocasión exclamó: “Cayo vive para su propia perdición y para la de todos”. Creo que en ambas tenía razón. En los últimos meses de vida de Tiberio, llamó a su nieto Tiberio Gemelo, hijo de Druso. Al acariciar a Gemelo, pudo ver una mueca de desagrado en el rostro de Calígula y muy sabiamente profetizó: “Tú matarás a éste, pero habrá otro que te mate a ti”.
Si el fondo de Calígula no era bueno, lo único que le hacía falta era una persona a su lado que avivara esa maldad que llevaba dentro de sí, ese fue Macrón, pretorio sin escrúpulos que hasta le cedió a su esposa son tal de agradarle. En poco tiempo, éste se convirtió en su mano derecha.
Mientras, Tiberio se debatía entre Calígula y su propio nieto Gemelo, que aunque era joven, era de su sangre. Redactó un testamento privado dejando el Imperio a ambos por partes iguales. En la agonía, cuentan que fue el propio Macrón quien precipitó el fin de Tiberio ahogándolo con una almohada. Como todo esto ocurrió en Miseno, sede de la flota imperial, Macrón hizo que la marinería y la guardia pretoriana allí destacada le juraran fidelidad. Corrieron a Roma para informar al pueblo y al Senado, el cual invalidó el testamento de Tiberio y otorgó a Calígula todos los poderes, proclamándolo imperator.
La “esperanza” de Roma hizo su entrada triunfal, su preparación para afrontar lo que se le venía encima era limitada y su educación había sido la de un joven noble. Sin embargo, durante los primeros meses de su mandato (37 a. C.) tuvo un comportamiento ejemplar en todos los sentidos. Pronunció el elogio fúnebre de Tiberio, decretó una amnistía para los exiliados y condenados, rehabilitó a su tío Claudio y asumió con él el consulado, adoptó como sucesor a Tiberio Gemelo (nombrándolo “Príncipe de la Juventud”), decretó que se rindieran honores de augusta a su abuela Antonia, viajó a las islas donde murieron su madre y su hermano Nerón para recoger sus restos, a su regreso a Roma concedió al pueblo el derecho al voto para elegir magistrados y les regaló representaciones teatrales y combates de gladiadores. También donó a cada ciudadano trescientos denarios y repartió gratis alimentos y regalos, iluminó la ciudad de noche durante los festejos y gratificó a los soldados de la guardia pretoriana, mientras que invitaba a suntuosos banquetes a los senadores y caballeros. Así, con este despliegue de “peloteo” tan honorable se ganó el favor de todas las clases sociales de Roma y recibió el juramento de fidelidad de todas las provincias del Imperio.
Suetonio (algún día hablaré de él), tiene gracia cuando dice en la biografía que escribió sobre este emperador: “Hasta aquí he narrado su vida como príncipe, ahora narraré lo que aún queda de ella como monstruo”. A los seis meses de mandato, cuando todo le sonreía, enferma gravemente y las secuelas que le deja esta enfermedad es acentuar su maldad aun más, no se sabe por qué. Los historiadores lo han calificado como locura, en fin, lo que ocurrió entonces es que se quitó su máscara de esperanza de Roma para proclamarse “divino”, algo así como un dios viviente. Implantó la costumbre de postrarse de rodillas ante él, mandó erigir estatuas de oro con su efigie y, como era un dios, convirtió el templo de Castor y Pólux en la antesala del palacio imperial para poder acudir allí a ser adorado por la plebe. Ordenó construir un puente entre el Palatino y el Capitolio, donde se encontraba el templo de Júpiter Óptimo Máximo para poder hablar o discutir con este dios. Y como era un dios, se quiso casar con su hermana Drusila, con la que seguía manteniendo una relación amorosa, también quiso elevar a sus hermanas a la categoría de diosas como se ve en algunas monedas. Despreciaba el uso de la toga y prefería ropas más extravagantes y caras, de seda y cargadas de joyas. Mandó construirle a su caballo preferido, Incitatus, un establo de mármol y un pesebre de marfil, ordenando que se le vistiese con telas de púrpura bordadas con piedras preciosas y que se le alimentase con los manjares más exquisitos. Además, instituyó todo un servicio de creados para que estuviera continuamente atendido. El colmo fue cuando le nombró cónsul.
Y una vez que ya estaba bien asentado en el poder, decidió deshacerse de todo aquel que le pudiera estorbar. El primero fue Gemelo, luego su suegro Junio Silano, le siguieron Macrón y su esposa Ennia, testigos y cómplices de su ascensión al poder.
En su primer año de reinado dilapidó el tesoro del estado romano acumulado por Tiberio, unos dos mil setecientos millones de sestercios. Para recaudar fondos, recurrió a todo tipo de artimañas, extorsiones y crímenes. Llegó a forzar a hacer testamento a su favor, tras lo cual los eliminaba en secreto, después, los convocaba como si aún vivieran y se mostraba dolido y sorprendido por la noticia de su “suicidio”.
El siguiente en recibir sus “atenciones” fue el pueblo romano, al que después de agasajarlo, lo privó del grano necesario para su alimentación.
Nadie estaba libre de su amenaza. Raptaba mujeres de la nobleza para sus orgías, les besaba el cuello diciendo: “Esta encantadora cabeza caerá en cuanto yo lo ordene”. Roma se cargó de resentimiento, pero el terror que todos sentían por Calígula era tal que nadie se atrevía a decir nada.
Al morir su hermana preferida, Drusila, su maldad se multiplicó. Así, en un ambiente enrarecido, empezó a gestarse un primer complot contra su vida, encabezado por el marido de Drusila, Emilio Lépido, sus propias hermanas Agripina y Livila. Tratando de imitar a su padre el gran Germánico, preparo una gran campaña militar contra los germanos del otro lado del Rin, un simple lavado de imagen. Durante esa campaña se descubrió la conjura. Lépido fue ejecutado y sus hermanas desterradas. La campaña fue una simple escaramuza y como botín de guerra mandó a las tropas recoger todas las conchas y caracolas que había en las playas. A su vuelta a Roma, proclamó el éxito de la campaña.
Después de su incursión en Germania, se vio de nuevo endeudado hasta las orejas, así que introdujo impuestos elevados y atacó a los senadores acusándoles de cualquier delito contra su majestad. Empezó a despreciar a grandes hombres del pasado, Augusto, Homero, Virgilio y Tito Livio e incluso se planteó destruir sus obras. Por otro lado, amaba todo lo egipcio y permitió el culto de sus dioses. El obelisco de veinticinco metros de largo que actualmente se encuentra en el centro de la plaza de San Pedro en el Vaticano, lo mandó traer desde Egipto en una nave de dimensiones similares.
Ante los delirios y desvaríos del emperador, Roma se encontraba presa de la incertidumbre y del terror. Todas las conspiraciones acababan con la muerte de los conspiradores. Finalmente, un día del mes de febrero del año 41, durante los Juegos Palatinos, Casio Querea y Cornelio Sabino, se apostaron en un pasillo que el emperador debía recorrer para ir desde el palco imperial hasta los aposentos del almuerzo. Aprovechando la sorpresa y el hecho de que Calígula iba poco acompañado, se abalanzaron sobre él, matándolo de treinta heridas de espada.
Cuando la noticia se difundió, todos pensaban que era una treta del emperador para pillar a todos sus enemigos celebrando su muerte.
La guardia pretoriana, antes de que el Senado restaurara la República, eligió como nuevo emperador a Claudio, tío de Calígula.
Una vez más me asombro de lo que hace el poder en las manos de una persona que reúne todos los defectos que hacen indeseables a los seres humanos.