El origen de la Navidad.

Ya había leído algo sobre el nacimiento de la Navidad y el porqué de que se celebre precisamente el 25 de diciembre, pero después de investigar un poquito más creo que a partir de hoy veré la Navidad con otros ojos, unos ojos más "místicos" y un poco cabreada una vez más por la manera en que la Santa Iglesia Católica trastoca las cosas a su conveniencia.

Comenzaré aclarando lo de la fecha. Nadie estaba seguro de la fecha en que había nacido Jesús, en diciembre y enero se daban, y se dan, las temperaturas más bajas y las precipitaciones más altas de tal manera que resultaba imposible que los pastores durmieran a cielo descubierto mientras cuidaban el ganado, según escribió San Lucas, pues durante esta época, incluido febrero, hombres y ganado pernoctaban bajo techo. Era entonces absurdo que el censo de población ,decretado por Quirino, gobernador de Siria,  se llevara a cabo durante estas fechas, en medio del frío, la lluvia, y los caminos anegados y resbaladizos que harían imposible la caminata a sus lugares de origen, como es el caso de José y María.

Así pues, se comenzó a especular con las fechas: 16 ó 20 de mayo, 9, 19 ó 20 de abril, 29 de marzo o 29 de septiembre. Hasta que en el año 334 el Papa Julio I dictaminó que Jesús había nacido el 25 de diciembre ¿Casualidad? Que va, todo tiene un porqué. Coincidía con las festividades que se realizaban durante el solsticio de invierno: las ceremonias vikingas en honor de Odín, las Saturnalias romanas, el nacimiento del dios Indoiraní Mithra, etc. En fin en esos días en que se celebra el solsticio de invierno, en muchas culturas antiguas se celebraba el que los días se alargasen y se rendía el culto al sol renaciente. Los romanos celebraban su culto al dios Saturno durante 17 días de banquetes, baile y regalos. El 25 de diciembre, cumpleaños de Mitra, dios del Sol, que originalmente era el dios babilonio de la luz, llegó a ser el punto culminante de las celebraciones que duraban una semana.
En un esfuerzo por convertir a los paganos y recobrar a los que se habían apartado y habían adoptado tales prácticas mundanas, la Iglesia Romana, a mediados del cuarto siglo, ‘cristianizó’ el cumpleaños de Mitra y adoptó la fecha y las costumbres asociadas con ese día, pero lo designó como la celebración del nacimiento de Jesucristo. Así nació la Navidad. Seguro que solo le falto decir: "Y punto en boca". Lo siento, es que estas cosas me crispan un poco.

No creais que todo acaba aquí, el árbol de Navidad también tiene su origen "divino".
Muchos pueblos les rendían culto a un puñado de árboles considerados sagrados por distintos motivos. El más común, desde Grecia hasta Noruega era el roble, pero con el devenir del cristianismo se cambió el inconmovible roble por el abeto pues, según los misioneros, la forma triangular de la enramada correspondía al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Este tres mágico caló muy bien en todas partes ya que era un número venerado por muchos pueblos miles de años antes de la venida de Jesús, y de esta manera bastante singular se impuso el abeto y luego el pino. Algunas estudiosos atribuyen el origen del árbol de Navidad a Bonifacio, puesto que él convenció a los alemanes del octavo siglo de que abandonaran su adoración de las encinas sagradas. Según la leyenda, cuando él cortó una de las encinas sagradas de ellos, un abeto joven creció en su lugar. Bonifacio dijo a los recién convertidos que el abeto sería el árbol sagrado de ellos... el árbol de Cristo.
Otros creen que el árbol de Navidad vino del árbol del paraíso, popular en la Alemania medieval. El árbol ocupaba el centro del escenario en la obra de teatro sobre el paraíso en honor de los “santos” Adán y Eva, cuya fiesta se celebraba el 24 de diciembre. El árbol se decoraba con manzanas y obleas.

Hablemos ahora de Papá Noel. Originalmente se le llamaba Padre Invierno, no se sabe cómo, con el paso del tiempo fue confundido con San Nicolás, un hombre sumamente rico nacido en lo que hoy es Turquía y famoso por su generosidad con los más pobres, en especial con los niños. A aquel hombre que se transformó en obispo y más tarde en santo, los holandeses le tomaron particular cariño y lo llamaron en su lengua Sinter Klaas (San Nicolás), y con este nombre pasó a América, más específicamente a Nueva Ámsterdam, que luego los ingleses llamarían Nueva York. Con el tiempo y las aguas navideñas, Sinter Klaas se transformó en el conocido Santa Claus (Jo Jo Jo), es decir: Papá Noel, esto es, el Padre Invierno remasterizado.
Se cuenta que, siendo ya obispo San Nicolás, se enteró de que un residente de la localidad no tenía dinero para las dotes de sus tres hijas, él secretamente tiró piezas o monedas de oro en el hogar de ellos por una ventana o un agujero que había en el techo para la salida del humo. Supuestamente el oro cayó directamente en unas medias que se habían colgado cerca del fuego para que se secaran. Así pudo comenzar también la tradición de los regalitos dentro de los calcetines. El resto, eso del traje rojo, los mofletitos y los kilos de más ya es fruto de la imaginación.


En fin, ¿qué más puedo decir? ¡¡Que me quedo con los Reyes Magos que esos sí que fuese en la fecha que fuese sí que estuvieron ahí!!
Para terminar, felices fiestas, que os traigan muchos regalitos y que el año nuevo venga cargadito de salud, amor y felicidad para todos.

Noche mágica, noche de brujas... 31 de octubre.

Desde la antigüedad todo lo relativo a la muerte ha estado rodeado de un halo de misterio y magia. Aun hoy cuando se acerca el día de los difuntos lo comprobamos por donde quiera que vayamos: pasteles especiales para este día, multitud de flores y cómo no Halloween.
La fiesta de Halloween se ha ido instalando en nuestras ciudades y poco podemos hacer ya para resistirnos, los niños tiran de nosotros y nos vamos adaptando a las nuevas modas.
Al acercarse el día de los difuntos quiero recoger en mi blog algunos mitos, leyendas y personajes tanto mitológicos como de la tradición popular, esas historias que me impresionaron de pequeña y hoy me fascinan por su encanto y misterio. Espero que os gusten.

Caronte, el barquero de la laguna Estigia

Según la mitología griega, cuando alguien moría debía cruzar la laguna Estigia, para ello necesitaban la ayuda del barquero, Caronte. Destinado para tal fin. Caronte trasportaba las almas de un lado al otro de la laguna a cambio de una moneda, si el difunto había sido enterrado sin ella éste los rechazaba y quedaban atrapados entre los dos mundos. Por ello en la antigua Grecia,  tan arraigada estaba la creencia de que se encontrarían ante la laguna Estigía y tendrían que pagar su pasaje, que cuando se incineraba a la gente o bien se le ponían dos monedas, una en cada ojo, o bien una en la boca. Caronte conduce la barca fúnebre, pero no la rema, ya que son las propias almas quienes se encargan de ello. Su trato para con ellas es tiránico y brutal.

Tradiciones:

En determinados lugares de Castilla existe la creencia de que los difuntos salen de sus tumbas la noche del 2 de noviembre y maltratan a los vivos que se han atrevido a salir a la calle. En Zamora sigue viva la tradición de la procesión de las ánimas, en la que la cofradía del mismo nombre desfila la noche del 2 de noviembre por las calles del cementerio mientras se reza el rosario a la luz de las velas. Ese día, en Galicia, las ánimas asisten a los sufragios de Difuntos que se celebran en las parroquias.

En Alicante hay una superstición que consiste en poner velas encendidas en las casas durante los días previos a la noche de Difuntos, para que las almas encuentren su camino.
En Tajuelo, en la provincia de Soria, se lleva a cabo el Ritual de las Ánimas al anochecer del día 1 de noviembre. El toque de muertos de las campanas acompaña al vecindario durante todo el proceso. Hay tres grupos: casados, solteros y resto de población. Los dos primeros grupos son los protagonistas principales puesto que son los encargados de ir cantando, salteándose las estrofas, el llamado Cántico de las Ánimas que leen a la luz de las velas en cuatro enclaves de la localidad. Al terminar cada Cántico todos rezan un padrenuestro que inicia el párroco, rezo en el que son acompañados por el tercer grupo que presencia a unos metros a los dos coros y que portan sobre las manos velas protegidas por botes, calabazas o cacharros de barro agujereados.
Al término de cada Cántico resuena por tres veces la campanilla y al finalizar el ritual, el sacristán reparte bollería y vino entre los asistentes.
Lo que no se puede negar es que en España la festividad se ha convertido en un recordatorio de quienes se fueron y en un disfrute de los paladares de los que seguimos aquí: huesos de santo y buñuelos (en toda España), postre de gachas (en Jaén), castañas asadas (en Galicia y Castilla), arrope y calabazate (en Murcia), rosquillas de anís y patatas asadas (en Salamanca), arroz y talladetes (en Alicante), borrachillos (en Andalucía), panallets ( en Cataluña) y rosaris (en Mallorca) son sólo algunos ejemplos de lo que se cuece por estas fechas.

En México y en muchos paises latinos, se tiene la costumbre de visitar los sepulcros y realizar actividades cuasi-festivas: se ornamentan los camposantos; se rinde culto al árbol de la vida; se consumen calacas de azúcar o cabezas de esqueletos que llevan en la frente el nombre de quien recibe el obsequio y, finalmente, se recuerda a los familiares.


La procesión de las Ánimas

La Procesión de las Ánimas, o la Santa Compaña, era como una procesión de almas en pena, vestidas con túnicas con capucha que vagaban durante la noche. Normalmente iban en dos hileras, generalmente envueltas en sudarios, por lo tanto vestidas de blanco o de negro, con las manos frías y los pies descalzos, vagaba noctámbula por los cerros, deambulaba por los caminos, portaban algo en sus manos: una luz, una vela, un candil, incluso huesos encendidos o pequeñas campanas que iban tañendo, un olor a cera y un ligero viento eran las señales de que estaba pasando la legión de espectros. Al frente iba un espectro de mayor tamaño. Cuentan que delante de todos ellos caminaba un vivo que portaba  una cruz y un cubo de agua bendita. Si alguien tenía la mala suerte de tropezarse con esta tétrica compañía, se veía obligado a sustituir al vivo y continuar el camino con ellos hasta que se encontrasen con otro desgraciado que le sustituyese. Dicen que estas personas no recordaban nada de su deambular nocturno durante el día pero que tales salidas nocturnas le iban mermando en salud acabando finalmente formando parte de la comitiva de manera definitiva, osea que tal sin vivir lo llevaba a la muerte.
La Santa Compaña, se solía aparecer en una encrucijada o cruce de caminos aunque no siempre era así.

Se sigue con la idea de que quien se la encuentra es que le queda poco tiempo de vida; en ocasiones llevan un ataúd en el que va un familiar del que presencia el paso; el que va en el ataúd no tardará en morir.

Una leyenda que no puedo dejar de mencionar aquí pero que no puedo relatar, por ser muy extensa ya esta entrada, es una de Gustavo Adolfo Becquer titulada "El monte de las Ánimas". Es un relato escalofriante y tan descriptivo que parece escuchar el viento silvando a través de las puertas y ventanas.....




Atila, el azote de Roma.

"Era arrogante en el porte y movía los ojos de un lado a otro para que el poder de su espíritu orgulloso se manifestara incluso en cada movimiento de su cuerpo. Aunque era amante de la guerra, sabía dominar sus actos. Era sumamente juicioso, clemente con quienes suplicaban perdón y generoso con los aliados. De estatura era bajo, ancho de pecho, de cabeza grande y ojos pequeños; la barba la tenía poco pobloda, los cabellos canosos, la nariz aplastada y la tez oscura, rasgos éstos que denotaban su raza. Aunque por naturaleza siempre abrigaba grandes esperanzas de éxito, su ambición creció al encontrar la espada de Marte, considerada sagrada por todos los reyes de Escitia." De este modo describe el historiador Jordanes al caudillo que iba a convertirse en una auténtica pesadilla para Roma. Su ambición no podía ser satisfecha compartiendo el reino con un hermano menos ambicioso que él e incapaz de entrever el glorioso futuro que se abría ante ellos. Por eso lo asesinó después de ocho años de gobierno conjunto. Convertido en soberano único, Atila se dispuso a desarrollar el gran potencial del reino que comenzaba a nacer. En primer lugar, debía afianzar su posición como gobernante único, para lo cual necesitó de escribas y burócratas que difundieran sus órdenes por todo el reino. Desplazó a la vieja nobleza y la sustituyó por los llamados "Escogidos" que prodigaban a Atila una fidelidad absoluta.
Con todos ellos y con sus súbditos como coparticipes de su obra, comenzó a moverse.

Atila infundía tanto terror a sus enemigos como a su propio pueblo. Pero ningún reino puede sustentarse únicamente con el miedo así que Atila recurrió a la religiosidad de los hunos. Augures y adivinos interpretaban para él los signos de la naturaleza, cuando no lo hacía por sí mismo. Cuando encontró la espada perdida del Dios de la Guerra no le quedaron dudas: había sido elegido Señor de todo el Universo.

Los planes de Atila comenzaban con dominar Occidente, herido de muerte tras las invasiones bárbaras. Para ello se prestó a defender el Imperio de Occidente del reino visigodo recién fundado en las Galias (450). Pero percatándose del engaño rechazaron el ofrecimiento e hicieron otras alianzas con enemigos más conocidos para los romanos como son los visigodos. Empecinado en esa empresa, Atila partió atravesando el Rin, alcanzó la Galia con la intención de destruir el reino visigodo y reclamar para sí aquellas provincias en calidad de copartícipe del Imperio. A su encuentro salió Aecio, que había sido el principal valedor del pueblo huno ante Roma, quién había conseguido concertar la mayor alianza romano-bárbara conocida hasta la fecha, a la cual se sumaron los visigodos, además de contingentes menores de burgundios, francos, sajones, alanos y armoricanos.

La batalla tuvo lugar el 20 de junio de 451 en los Campos Cataláunicos, en las proximidades de la localidad francesa de Châlons-surMarne. Atila se lanzó al combate a pesar de los malos presagios que le auguraban una derrota que sólo sería compensada por la muerte de su rival. Los augurios se cumplieron: los romanos y los visigodos habían aprendido a contrarrestar las tácticas de los hunos y los obligaron a refugiarse en el círculo que sus carros formaban. Viendo cercano su fin, Atila mandó levantar una pira para inmolarse en ella antes de caer prisionero. Pero Aecio no deseaba la aniquilación de los hunos, pues maquinaba hutilizarlos en el futuro contra los propios visigodos. Por eso convenció a éstos de que se retirasen y permitió la huida de Atila. Como agradecimiento, Atila invadió Italia.

No se sabe qué empujó a Atila a invadir Roma pero existen algunas hipótesis. Una de ellas alude a un oscuro episodio en el que estaba involucrada Honoria, la hermana del emperador occidental Valentiniano III. Según cuenta una tradición, ella le envió a Atila una carta acompañada de cierta cantidad de dinero y de su anillo imperial. En la carta la princesa le pide que la libre de su matrimonio, concertado por su hermano, con el senador Flavio Baso Herculano. Atila, sorprendido sobre todo por el anillo, la habría reclamado entonces como esposa y, ante la negativa de Valentiniano, decidió invadir Italia.
Lo que sí es cierto es que un ejercito necesita dinero y Atila necesitaba victorias que se lo diera, quizá pensó que podría obtenerlo destruyendo Roma.

Atila dedicó la primavera de 452 a tomar las ciudades del norte del Po, algunas como Aquilea, Padua, Verona, Brescia y Bérgamo, fueron arrasadas. Sólo Milán, de la que tambiñen se adueño, mereció su clemencia. El emperador Valentiniano III, incapaz de defender a sus súbditos, vivía refugiado en Ravena, la capital del imperio por aquel entonces. Pero Atila no se decidía a atacar Roma. Supersticioso como era, sus augures no advertían signos propicios, y estaba aún reciente el ejemplo de Alarico, el rey visigodo que murió repentinamente poco después de saquear Roma en el año 410. Cuando finalmente se decidió, el papa León I le salió al paso. Nada se sabe de lo que hablaron a orillas del río Mincio, cerca de Mantua, pero a su fin el "Señor de todo el Universo" ordenó a sus fieles el regreso a sus territorios.

Atila sobrevivió poco tiempo a su encuentro con León I. Retirado a sus cuarteles de invierno, contrajo nuevo matrimonio con una joven germana, de nombre Idilco. Murió la misma noche en que se celebraron los esponsales, ahogado en su propia sangre. Al parecer sufría periódicas hemorragias nasales sin importancia, pero en aquella ocasión, ebrio y dormido boca arriba, el flujo sanguíneo lo había asfixiado. Su extraña muerte, acaecida sin violencia alguna y sin sufrir los males propios de la vejez, fue tenida por un signo del favor divino del que siempre había gozado.

Al morir su rey, todo su reino se desmenbró. Sus numerosos hijos se dividieron el reino, mas ninguno de ellos poseía su carisma. Los pueblos sometidos aprovecharon la devilidad de los hunos y recobraron su libertad.

Como anécdota añadiré que cuenta la leyenda que en su encuentro con el Papa Leon I, san Pedro y san Pablo, armados , estuvieron al lado del pontífice durante toda la conversación. Sea como fuere, tras aquella charla Atila desistió de la conquista de la Ciudad Eterna, lo que se dijero ¡ay, qué más quisiera yo saberlo!
Otra curiosidad es que a la muerte del gran Rey los soldados comenzaron a cortarse la piel con sus propias espadas, puesto que el más grande de los guerreros no podía ser llorado con lágrimas sino con sangre. Tras enterrarlo en un lugar secreto y siguiendo una costumbre de la época entre los pueblos del Norte, los soldados que habían buscado un lugar secreto para el entierro aceptaron gustosas suicidarse y así no desvelar jamás la ubicación de la tumba. Hoy en día aún sigue siendo un misterio donde está enterrado Atila.

Decir que seguramente Atila se habría imaginado una muerte más gloriosa, una muerte en batalla a lomos de su caballo como suelen desear los grandes militares, en fin una muerte sin sufrimiento tampoco es una mala muerte.

Las mil y una noches. Anónimo.

Parece un poco absurdo hablar a estas alturas de este libro ¿quién no ha oído hablar de "Las mil y una noches" o al menos de alguno de sus cuentos? Aladino, Simbad, Alí Babá...

Me había encontrado de vez en cuando con alguna reseña o algún párrafo en revistas o en otros libros como comienzo a alguna historia y me había picado la curiosidad. Después de encontrármelo como si me persiguiese cada año en la feria del libro, me decidí por fin a comprarlo y no me defraudó.  

Aun recuerdo uno de esos párrafos aquel que me presentaba a una sensual Sherezade preparada una noche más, entre almohadones de seda y plumas, esperando a su esposo el sultán para continuar el cuento inacabado de la noche anterior, esto era lo único que la mantenía con vida, la curiosidad de su esposo por conocer el desenlace de ese cuento que ella hábilmente enlazaba con otro para dejarlo en lo más interesante cada noche  y continuar a la siguiente. Cuentan que, habiendo sido engañado por su esposa, el sultán Schahriar ordenó darle muerte y mandó a su visir que cada noche le llevasen una joven virgen la cual sería ejecutada al día siguiente. Durante tres años mantuvo este ritual llegando la gente con hijas a huir del país por miedo al futuro que les esperaba. Así al pobre visir, que sufría con el desagradable trabajo que se le había encomendado, se le hacía cada día más duro el encontrar jóvenes para su sultán. Tanto fue así que llegó un día en que no pudo encontrar ninguna y regresó a su casa abatido. El visir tenía dos hijas, la mayor se llamaba Sherezade (o Sherezada) y la menor Doniazada. Ambas poseían una belleza y una perfección inigualables, pero Sherezade además era muy inteligente y cultivada. Poseía mil libros de crónicas referentes a los pueblos de las edades remotas, a los reyes de la antigüedad y sus poetas. Y era muy elocuente y daba gusto oírla. Así que al ver a su padre tan decaído, ella misma se ofreció aunque le costó bastante convencer a su padre. Antes de partir hacia su destino le dijo a su hermana: "Te mandaré llamar cuando esté en el palacio, y cuando me veas me dirás: "Hermana, cuenta alguna historia maravillosa que nos haga pasar la noche". Entonces yo narraré cuentos que, si quiere Alah, serán la causa de la emancipación de las hijas de los musulmanes". Y así ocurrió todo, se casaron y cuando estaban junto al lecho Sherezade comenzó a llorar diciendo que tenía una hermana pequeña de la cual desearía despedirse. La mandaron llamar y cuando entró dijo: "¡Hermana, por Alah sobre ti!, cuéntanos una historia que nos haga pasar la noche". Y es ahí donde dan comienzo las mil y una noches que dan título a esta recopilación de cuentos maravillosos en las que nuestra hábil heroína salva su cuello cada noche gracias a lo interesante de sus relatos y ha saber dejar cada historia en su punto álgido para mantener en vilo la curiosidad de su esposo.
 
En fin, hicieron falta mil y una noches para que este hombre confiara en su mujer y se diera cuenta de la natural bondad de Sherezade. Al terminar el cuento definitivo exclama: ¡Oh Sherezade! ¡Qué espléndida es esa historia! ¡Qué admirable! Me has instruido, oh discreta mujer, me has hecho ver lo que les ocurrió a otros, considerar con atención las palabras de los reyes y de los pueblos de tiempos remotos y cuanto de maravilloso ha sucedido. Y la verdad es que, después de haberte oído durante mil y una noches, me encuentro con el alma profundamente cambiada y alegre, con ansias de vivir". Mandan llamar al visir que al recibir el llamamiento de su sultán se teme lo peor pero al ver los rostros de alegría de ambos hasta se desmaya de felicidad.

Como curiosidad diré que cada cuento se enlaza con el anterior y con el siguiente, así lo que empieza como una historia acaba convirtiendose en cinco o en seis con sus argumento y protagonistas propios y tú acabas enganchado como el propio sultán sin querer dejar el cuento a medias.

Cabe decir, para quien le interese, que no todo fueron cuentos en esas mil y una noches ya que al término de las cuales habían tenido tres hijos y el hermano del sultán, otro rey despechado y engañado por su esposa, se casa con Doniazada culminando así la felicidad para todos los protagonistas de la historia principal: la de Sherezade.

Espartaco contra Roma.

     Con la Semana Santa reciente donde, como cada año, nos bombardean con las típicas películas de esta época, yo quiero rescatar a un personaje que me llama mucho la atención. Estoy hablando de Espartaco, un esclavo de origen Tracio que consiguió formar un ejercito y poner en serios apuros al todopoderoso imperio romano.
     Su nombre (Spartacus o Spartakus) es de origen tracio y está relacionado seguramente con el antiguo y belicoso pueblo de los sparti. No obstante, no parece ser éste el verdadero nombre del personaje, sino más bien su nombre de gladiador. Los mismos romanos, después de tres años de campaña, crearon una imagen de Espartaco que le convertía en un grandísimo general, en una especie de nuevo Aníbal que despertó incluso cierta admiración entre sus adversarios. Plutarco decía de él que poseía no sólo gran coraje y fuerza física, sino también una inteligencia y cultura superiores a las que se podía esperar de un personaje de su condición. Siglos después, Karl Marx consideraba a Espartaco el "genuino exponente del proletariado antiguo" y según Lenin, habría sido el héroe de una de las más grandes revueltas serviles de la historia.
     Todo comenzó en una escuela de gladiadores de Capua, un día del año 73 a. C., cansados de la férrea disciplina que debían afrontar, un grupo de luchadores se rebeló contra el destino que otros les habían marcado: matar o morir. Ese día comenzó una aventura que se haría legendaria. Espartaco, pues, no era exactamente un esclavo, o al menos es bastante dudoso que lo fuese ateniéndonos a lo que conocemos de su vida. Soldado de un pueblo tracio tributario de Roma, desertó del ejercito para convertirse en salteador de caminos. Nada se sabe de cómo llegó a gladiador, aunque no es inverosímil suponer que fuese el resultado de un pacto con las fuerzas del orden para redimir sus crímenes. Entre los gladiadores de la época, los tracios eran considerados los más valientes, hasta el punto que "tracio" se usaba a menudo como sinónimo de buen gladiador.
     El hecho que provocó esta sublevación, tuvo lugar en Capua, la ciudad más importante de la Campania, en la escuela de gladiadores de Cneo Léntulo Baciato. Unos setenta luchadores se rebelaron contra su disciplina. Los cabecillas de la revuelta eran al menos tres: Espartaco, de procedencia tracia, Criso y Enomao, problablemente de origen galo.
     Pronto se les unieron otros compañeros y, antes de huir a la desesperada, se procuraron el mayor número de armas posible. Además de las que empuñaban en el momento de la revuelta, atacaron unos carros con armas destinadas a otras escuelas de gladiadores y desarmaron a algunos grupos de soldados asaltados por sorpresa. Luego, para alejarse lo más posible de Capua, de Roma y de la vía Apia, que unía ambas ciudades, el grupo se dirigió hacia el sur, distanciándose al máximo de los destacamentos que pudiesen salir en su presecución. Es natural, por tanto, que para reorganizarse se encaminasen a la montaña más agreste de la zona, el Vesubio.
     El primer grupo de rebeldes era de la galia Transalpina, Germania y Tracia. Pertenecían a naciones que todavía no habían sido sometidas al dominio romano. A esto se debe añadir que no se trataba de simples esclavos, sino hombres excepcionales: gladiadores. Encontrar individuos aptos, con el físico, el coraje y también la inteligencia necesarios para ese "oficio" no era tarea fácil, y menos fácil aun era entrenarlos, enseñarles las artes y astucias de la profesión, y prepararlos para salir a morir en la arena del circo. Salvando las distancias, por aptitudes físicas y entrenamiento, se podrían comparar a los actuales deportistas de élite.
     Desde un primer momento, los movimientos de Espartaco adquieren sentido no como acciones de guerra planificadas, sino más bien como acciones de guerrilla o bandolerismo, muy hábiles y dictadas por la necesidad de la supervivencia. Sus seguidores, pues, no formaban un ejército convencional. Que se sepa, Espartaco no realizó leva alguna, ni ocupó ciudades o puntos fortificados para asegurarse el abastecimiento o para reorganizarse. Más bien da la impresión que el llamado "ejercito" de Espartaco vagaba sin tregua por campos y montes, probablemente en bandas separadas, cada una de ellas ocupada en saquear una zona determinada.
     Fue probablemente en el vesubio donde la personalidad de Espartaco se afirmó como lider por encima de la de sus compañeros de fuga.
     A estos rebeldes, no se les hace la guerra, sino que se les caza sin piedad. Por tanto, los romanos improvisaron algunas escasas tropas mal instruidas porque creían que no sería necesario realizar auténticas acciones bélicas, sino tan sólo perseguir y exterminar a una banda de maleantes. El primero que llegó al refugio de él Vesuvio fue Clodio Glabro, con tres mil hombres. Debía cerrar la única vía de salida hasta que llegara el prétor al mando. Pero los rebeldes, haciendo gala de su preparación atlética, consiguieron escapar por los acantilados mediante unas escaleras improvisadas con vides entrelazadas y se lanzaron sobre el pampamento de Clodio por la retaguardia. Los soldados se dieron a la fuga.
     Esta inesperada victoria debió de causar una gran impresión entre los pastores y los campesinos de la región, tanto libres como esclavos. Fue así como el contingente de Espartaco obtuvo sus primeros refuerzos; gente no apta para un encuentro frontal con los legionarios, pero muy apropiada para una guerra de guerrillas. Cuando llegó el pretor le fue relativamente fácil a Espartaco obligarlo a dividir sus fuerzas y atacarlas por sorpresa.
     Espartaco y su improvisado ejercito siguieron avanzando por toda la Campania aumentando en número de hombres libres como esclavos, saqueando los pueblos de la región. El grupo de Espartaco tendría unos treinta mil hombres y el de Criso unos diez mil, Enomao murió en una contienda anterior. Ante la fuerza de Espartaco, Roma se ve obligada de una vez a tomarlos como una seria amenaza y lanza contra ellos los ejercitos de los dos cónsules, las máximas autoridades civiles y militares de la República, Lucio Gelio Publícola y Cneo Léntulo Clociano. La buena preparación y el conocimiento militar dan como resultado la primera derrota para Espartaco, el mismo Criso y veinte mil de los suyos murieron en el combate, mientras que el resto consiguió reunirse con espartaco, que remontaba la costa adriática. A pesar de este revés, Espartaco continuó hacia el norte, evitando enfrentarse en una batalla campal a Léntulo y gelio, a los que causó importantes pérdidas en diversas escaramuzas.
     Llegó hasta Módena y, como exequias en honor de Criso, organizo una lucha de gladiadores entre trescientos prisioneros romanos. Allí derrotó a Cayo Casio, pero en vez de continuar hacia el norte, volvieron hacia el sur. Fracasados los intentos por detenerlo de Léntulo y Gelio, el Senado empezó a ver en el gladiador tracio a un nuevo Aníbal y empezó a correr el rumor de que, como el cartaginés, Espartaco pretendía marchar sobre Roma. Ante ello, el Senado decretó medidas excepcionales. Se procedió a conceder poderes extraordinarios al frio y ambicioso pretor Marco Licinio Craso, conocido por su falta de escrúpulos y su brutalidad. Después de una de los primeros enfrentamientos contra el gladiador, muchos de los soldados huyeron, para restablecer la disciplina, delente del resto del ejercito ejecutó por sorteo a cincuenta legionarios elegidos entre un grupo de quinientos. Restablecida su autoridad, en la primavera del año 71 emprendió una fulgurante campaña contra Espartaco, que había invernado en la Lucania. Su intención era alejarlo de Roma y derrotarlo antes de que los refuerzos romanos procedentes de Hispania y Oriente pudieran disputarle los honores de la victoria. Pero con esta maniobra lo único que consiguió fue empujar a Espartaco hacia el Bruttium (actual Calabria al sur de Italia), con el peligro de que pasase a Sicilia. Pero los piratas cilicios con los que Espartaco había acordado el pasaje le traicionaron y huyeron con el pago establecido. Acorralado Espartaco en el extremo meridional de la Península, Craso puso en practica su peor táctica: levantó un muro de unos 55 kilómetros entre el mar Jónico y el Tirreno (porción del Mediterraneo que se extiende al oeste de la península italiana y entre Córcega y Cerdeña) para encerrar a los rebeldes en el extremo meridional del Bruttium. Obviamente, Espartaco no se quedó de brazos cruzados y en cuanto tuvo oportunidad concentró un tercio de sus fuerzas en uno de sus puntos y lo atravesó con facilidad.
     A estas alturas de la contienda, Roma, desconfiando cada vez más de la capacidad de Craso para terminar con Espartaco, reclamó el retorno inmediato de Pompeyo, que se hallaba en Hispania, donde había derrotado a un antiguo senador rebelde, Sertorio. El general romano desembarcó en Etruria y se dirigió a toda prisa hacia el sur. Temeroso de perder su oportunidad de alcanzar la gloria, Craso persiguió con saña a los rebeldes y dio cuenta de un nutrido grupo de galos dirigidos por Castro y Canico. Por su parte, Espartaco derrotó y puso en fuga a las tropas de Quincio, un oficial de Craso y del cuestor Scrofa.
     La situación de los rebeldes era delicada tanto si decidían ir hacía el norte, donde coincidirían con Pompeyo, como si decidían permanecer en el sur donde Craso caería sobre ellos. Espartaco decidió la ruta de la Apulia (Corresponde al "tacón" de la forma de "bota" que tiene la península Itálica), pero, para desgracia suya, en aquellos días desembarcaba en Brindisi Marco Terencio Varron Lúculo, procónsul de Macedoria, reclamado también por Roma para acabar con los rebeldes. A Espartaco no le quedó otra opción que deternerse y dar batalla a Craso.
     No se sabe exactamente dónde se dio la última batalla entre Espartaco y Craso: si en Lucania, en la desembocadura del Sele, o tal vez en Apulia, no lejos de Brindisi. Antes del enfrentamiento, Espartaco se habría hecho traer su caballo y, ante la mirada atónita de los que le rodeaban, lo habría matado con su espada diciendo: "Si venzo, tendré muchos: los del enemigo; si pierdo, no necesitaré caballo alguno".
     Aunque esta vez el jefe rebelde llevó la iniciativa, la victoria fue para Craso. Según Plutarco, Espartaco se precipitó en medio del tumulto, allí donde el combate era más intenso, en busca de Craso y, al no encontrarlo, mató a dos centuriones que le atacaron. Cuando en torno suyo empezó a producirse la huida, fue rodeado por un gran número de enemigos y abatido, mientras se defencía a pie firme. Apiano, en cambio, cuenta que Espartaco fue herido en el muslo por una jabalina. Entonces, caído de rodillas y sin escudo, resistió hasta que fue muerto. Añade además que su cuerpo nunca fue hallado. Ambos relatos tienen el aura del final deseado por todo guerrero; morir heroicamente en combate. Tampoco hay que descartar que Espartaco lograse huir como tantos otros de sus seguidores. En la denominada "Casa del sacerdos Amandus", de Pompeya, se halló una pintura en la que un guerrero a caballo identificado como "Spartaks", herido en el muslo, es perseguido por otro jinete, que lo alcanza y le da muerte; algunos investigadores consideran que las imágenes representan la batalla final entre Espartaco y Craso.
     La tradición dice que sobre el campo de batalla murieron no menos de sesenta mil rebeldes. Es más probable que la cifra sea exagerada y que muchos de los hombres de Espartaco pudieran huir. La mayoría de ellos tomó la ruta del norte, por lo  que cayeron en manos de Pompeyo. Otros se desperdigaron por el Bruttium y hasta el año 62 a.C. los romanos no consiguieron atrapar y aniquilar a los últimos grupos de rebeldes.
     Despues de la victoria, Craso, en vez de perseguir al enemigo vencido que huía hacia el sur, se dirigió a Roma para reclamar los honores del triunfo, no sin antes crucificar a seis mil prisioneros a los largo de la vía Apia, entre Capua y Roma. No obstante, considerando el Senado que una victoria contra esclavos y gladiadores era deshonrosa, sólo le concedieron un reconocimiento menor, la ovación, a diferencia de Pompeyo, que entró triunfalmente en Roma por haber vencido a Sertorio y haber aniquilado el resto del ejército de Espartaco.

   Fuere como fuere, debo admitir que esta semana santa volví a ver la película "Espartaco" y cuando llega el momento en que Craso se dirige al grupo de esclavos exigiendoles que le digan quién es Espartaco y todos empiezan a responder uno por uno: "Yo soy Espartaco", "Yo soy Espartaco". No puedo evitar sentir una emoción enorme.


  


  

Orfeo y Euridice.

Una de mis leyendas favoritas es la que cuenta la desgraciada historia de amor entre Orfeo y la ninfa Euridice. Mitología, amor, romanticismo... en fin un todo en uno. Espero que os guste tanto como a mí.

Cuentan que Orfeo, después de recorrer medio mundo, estudiando todas las artes que ponían a su alcance, volvió a si país natal, Grecia. A sus conocimientos de  teólogo, poeta y músico, se añadía el de descifrar los sueños, perfeccionó la lira y cuando unía su voz a este instrumento, embelesaba tanto a hombres como a animales. Incluso dicen que osos y leones se acercaban a lamerle los pies, los ríos retrocedían a su nacimiento para escucharle, las rocas se animaban y corrían a su encuentro.

Todas las ninfas perseguían a Orfeo y deseaban ser su esposa, pero solo una de ellas, Euridice, conmovió el corazón de Orfeo y se casaron. Eran muy felices, pero esta felicidad no duró mucho tiempo ya que una serpiente mordió a Euridice en el talón y murió. Nada podía consolar a Orfeo que quedó totalmente abatido por la pérdida de su compañera y después de rogar a los dioses celestiales sin encontrar respuesta, no dudó en bajar al inframundo para intentar recuperarla.

Sobre las riberas de la laguna Estigia clamó con acentos tan dulces y enternecedores que los habitantes del Ténaro no pudieron contener sus lágrimas ante tal desgracia y el mismo Hades se sintió conmovido. El dios llamó a Eurídice, que se encontraba entre las sombras llegada recientemente. La ninfa se acercó y le fue concedido partir con Orfeo, pero bajo la condición de que él no volvería la cabeza para mirarla hasta que hubieran rebasado los límites del reino de los muertos y la luz del sol bañase sus rostros.

Orfeo había alcanzado ya la salida cuando, incapaz de resistirse a la impaciencia de contemplar a su mujer, se vuelve hacia ella. Pero Eurídice se hallaba aún a unos pasos por detrás de él, donde aun el sol no la alcanzaba, y en ese mismo instante le es arrebatada. Ella le tiende los brazos y Orfeo trata de abrazarla, pero solamente alcanza a estrechar una huidiza neblina y únicamente escucha un largo suspiro y un adiós eterno.

En vano, intentó entrar nuevamente en el inframundo, pero Caronte, el barquero encargado de transportar las almas, no le dejó pasar. Y allí permaneció Orfeo, consumido por la pena y sin probar alimento durante siete días. Cuando comprendió que ya no había marcha atrás marchó al monte Rodope, en Tracia, sin otra compañía que los animales que amansaba con su canto.

Allí, las mujeres intentaron mitigar su dolor y le instaban a que tomara nueva esposa, pero el se negaba y las despreciaba. Irritadas por este rechazo, esperaron el día en que se celebraban las fiestas de Baco para tener ocasión de vengarse. Entonces, armadas con tirsos, corrieron al monte Rodope y lo asaltaron por todos los flancos. Su griterío y el ruido de los tambores apagaron la voz de Orfeo, lo único que habría sido capaz de aplacar sus iras; después le atacaron furiosas, y a pesar de los esfuerzos que Orfeo hizo para calmarlas, ellas destrozaron sus cuerpo en pedazos.

Trajano y el papa Gregorio Magno.

Mucho se ha hablado de si el emperador Trajano fue perseguidor o no de los cristianos y nadie se pone de acuerdo. Lactancio dice que no, pero Orodio y san Agustín afirman lo contrario. En una carta a Plinio, cuando éste era gobernador de Bitinia, Trajano le ordena no persequir sistemáticamente a los cristianos, aunque sí atender las denuncias particulares que sobre ellos se presentasen, osea como a cualquier ciudadano más.

Sabemos que hubo algunos mártires en su época, pero no sabemos si la responsabilidad de estos martirios es de Trajano o de los gobernadores provinciales.

Probablemente, la leyenda que cuenta que el Papa Gregorio Magno salvó el alma de Trajano con sus súplicas es producto de tales dudas. ¿Cómo un hombre tan justo y tan admirado, considerado Optimus Princeps no sólo en su época sino también muchos siglos después, podía haber perseguido a los cristianos? Era necesario integrarlo en el grupo de emperadores no perseguidores, para hacer valer la ecuación emperador bueno igual a emperador no perseguidor, que tan sabiamente introdujo Lactancio en su "Sobre la muerte de los perseguidores". La leyenda refiere que, ante los rezos del Papa, una voz divina se le apareció en sueños diciendo: “He escuchado tus súplicas y perdono a Trajano; pero guárdate en adelante de pedirme por los impíos”.

Visto lo visto, y lo que nos quedará por ver, poco ha cambiado la iglesia de antes y la de ahora. Si antes se perdonaba a los emperadores romanos por conveniencia histórica ahora se anulan los matrimonios eclesiasticos de personajes de la prensa rosa y la aristocracia. Qué le vamos a hacer, los negocios son los negocios.

Diógenes de Sínope. Anécdotas.

Estando yo en segundo o tercero de la antigua E.G.B (educación general básica), teníamos un libro de lectura. En él había historias maravillosas, sobre todo para una niña de 8 años, estaba la de Ulises y como consiguió engañar al cíclope y escapar con sus hombres de la cueva tapados con las pieles de las ovejas, y la de un antiguo rey español, Don Rodrigo, aunque esta la recuerdo más difusa. Una de las historias que más me asombraron y divirtieron fue la del encuentro del personaje que me trae hoy aquí con Alejandro Magno, aun hoy la recuerdo y he querido compartirla.
Diógenes (413-327 a C. aproximadamente), también conocido como Diógenes el del tonel, era filósofo de la escuela Cínica y, por lo que he leído sobre él, todo un rebelde. Despreciaba la geometría y la música, su ideal de vida era una vida solitaria, desnudo y con un tonel como única vivienda, renunciando a toda comodidad que la sociedad de la época pudiese tener. Despreciaba el lujo y criticaba las diferencias sociales, mirando con indiferencia a los poderosos. Y así, con esta indiferencia, se encontraba un día tomando el sol plácidamente apoyado contra su adorado tonel-casa. De pronto sintió que algo se interponía entre él y el astro rey, abrió los ojos y se encontró con un apuesto joven:


-"Yo soy Alejandro Magno". -dijo el joven-


-"Y yo Diógenes el cínico". -respondió el filósofo-


-"¿Puedo ayudarle de algún modo?


-"¿Puedes apartarte para no quitarme la luz del sol? No necesito nada más.


Dicen que Alejandro quedó tan impresionado por la respuesta de aquel hombre que se marchó diciendo: "Si yo no fuera Alejandro, querría ser Diógenes". Según la tradición, murió en Corinto el mismo día que Alejandro.

Un día se encontraba comiendo lentejas cuando apareció frente a él el filósofo Aristipo, que vivía confortablemente de hacerle la pelota al rey. Éste le dijo que si aprendiera a ser sumiso al rey no tendría que comer esa basura de lentejas, a lo que Diógenes respondió: "Si hubieras aprendido tú a comer lentejas, no tendrías que adular al rey"

Tenía por costrumbre caminar por Atenas a plena luz del día con una lampara encendida, cuando alguien le preguntaba el por qué, él respondía: "Busco un hombre honesto sobre la faz de la Tierra".

En la ocasión en que fue secuestrado por piratas y puesto a la venta como esclavo le preguntaron qué sabía hacer, respondió: "Mandar, comprueba si alguien quiere comprar un amo".

En otra ocasión lo invitaron a una lujosa mansión, advirtiéndole antes de entrar no escupir en el suelo, acto seguido le escupio al dueño en la cara aludiendo que no había encontrado un sitio más sucio donde hacerlo.

Después de leer estas y más cosas que he ido encontrando, me reafirmo en un dicho popular: "No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita"



Almodis de la Marca.

Quiero hablar hoy de una mujer extraordinaria, que no supo rendirse ante la adversidad. En un tiempo en que la mujer era poco más que un animal de compañía y valía lo que valiese su dote, ella supo sobreponerse a dos repudios, sabiendo o intuyendo que lo mejor estaba por venir.

Debo decir antes de seguir que hace un mes yo no tenía ni idea de quién había sido esta señora y si ahora lo sé es gracias al último libro que he leído y que me ha regalado una personita muy encantadora, Reina sin espejo. El libro se llama "Te daré la Tierra" de Chufo Llorens y está ambientado en la Barcelona del siglo XI, pero ya hablaré de él más adelante.

La vida de esta mujer que llegó a ser condesa de Barcelona y más, me ha recordado por lo intensa a la de Leonor de Aquitania, de la que ya hablé qunque de Almodis se saben menos cosas, la verdad.

Nacida en 1920 y fallecida en Barcelona el 1 de noviembre de 1071, en el año 1038 se casa con Hugo V de Lusignan y tuvieron un hijo. Poco después el matrimonio fue anulado por motivos de consanguinidad. En el año 1039 se vuelve a casar, esta vez con Porce III de Tolosa, conde de esa región y le da 4 hijos.

Pero el destino, que es caprichoso, quiso que el conde de Barcelona Ramón Berenguer I a la vuelta de una de sus partidas para mantener la paz en las fronteras de su condado tuviera que hacer noche en el castillo de Tolosa, y como entre nobles se debían esta cortesía pues le dispensaron todas las comodidades. Ramón Berenguer se enamoró perdidamente de Almodis y planearon su secuestro a través de criados fieles. Ramón repudió a su segunda esposa, Blanca la cual se unió a la abuela del mismo, Ermesenda de Carcasona (de armas tomar, ya hablaré de ella) y acudieron al Papa Victor II, tan compungidas fueron ante él que excomulgó a los dos amantes lo que provocó incluso una guerra que duró hasta 1057.

Almodis, bella, inteligente y cultivada supo ganarse a la gente, se involucró en las tareas de gobierno e incluso cuentan que le acompañó a la guerra. Tuvieron 4 hijos, dos niños gemelos y dos niñas.

A todos se ganó menos al primogénito de su marido, Pedro Ramón, habido de su primer matrimonio con Isabel de Nimes, que lo convirtió en joven viudo. Esta enemistad la llevaría a la tumba ya que la asesinó en 1071 por pretender anteponer los derechos dinásticos de sus gemelos.

Adjunto una foto de los sepulcros de los enamorados en la catedral de Santa Eulalia en Barcelona.

"Juanita La Larga" de Juan Valera.

Tengo la suerte de que cuando una novela me engancha, me veo absorbida por ella y me convierto en espectadora de primera línea de todo en lo que en ella acontece, una especie de mujer invisible entre sus protagonistas, la vecina cotilla a la que nadie ve. Esta cualidad se convierte en casi una desgracia si me ocurre lo mismo que cuando leí "El Perfume", que acabé uno de sus capítulos con la nariz embotada de tanto oler... fue como cuando entras en una perfumería y no sabes qué perfume escoger, te pruebas mil y al final ya ni hueles ni compras ni te gusta ninguno, pues así acabé yo, cabe decir que no es solo por esta capacidad mía para sumergirme en la lectura, sino más bien y sobre todo a las magníficas dotes descriptivas de su autor, Patrick Suskind.

Bueno, todo lo anterior viene a colación porque lo mismo que "El Perfume" me hizo disfrutar y padecer de mil fragancias, "Juanita La Larga" me transportó a los veranos, olores y colores de mi niñez. Dicho así parece que hablo desde la ancianidad pero teniendo en cuenta lo corta que es la infancia ya se puede mirar atrás desde los dieciocho, los treinta o los cincuenta, siempre se hará con una mezcla de añoranza y felicidad al recordad aquellos días.


Siempre he vivido en Andalucía y mi niñez transcurrió en aquellos días en los que todavía se veían niños jugando en las calles y todos los vecinos se conocían. Podías estar todo el día jugando en la calle subiendo a casa solo lo que se tarda en comer y poco más y no pasaba nada.

Esta novela me transportó en cierto modo a esos días, los días en los que la primavera y el verano se confunden, los días de terral en los que al atardecer se ven las nubes de mil tonalidades rojizas, el inconfundible aire cálido anunciando las inminentes vacaciones de verano.


Aunque su autor no menciona pueblo alguno, en esta novela se sabe que su historia transcurre en un pueblecito de Andalucía a finales del siglo XIX y el eje central de la trama son los amores de un apuesto cincuentón bien situado, Don Paco, hacia una joven, Juanita. Tanto Juanita como su madre se dedican a la costura y aunque en un principio nadie miraba con buenos ojos a la madre de esta porque llegó al pueblo embarazada y sin marido conocido, poco a poco se fue ganando a sus vecinos con su buen hacer tanto en la cocina como en la costura.

En Primavera y verano, al atardecer, bajaba Juanita a la fuente a por agua, más por distracción que por necesidad, y cada día estaba Don Paco en el poyete que había junto a ella de tertulia con el escribano, el boticario y todo el que se sumase a la charla, y aunque, siendo viudo, no se le había pasado por la cabeza un nuevo casamiento, sus ojos empezaron a fijarse en Juanita. Dándose cuenta de la diferencia de edad, él mismo intentó quitárselo de la cabeza, pero empezó a sentir algo más que admiración hacia ella, dentro de sí se debatía si ella al conocer sus sentimientos se reiría de su cariño o que simplemente accedería a dárselo todo por puro interés, por otro lado estaba su madre que aunque la había criado con mucha libertad tampoco la perdía de vista. De este modo pasaba los días Don Paco, cual adolescente pasando cada día más de lo necesario por delante de la casa de Juanita y haciéndose el encontradizo cuando la joven regresaba de la fuente. Para relacionarse más, le encargó camisas a su madre, trajes y demás, vamos que por estar cerca de Juanita renovó todo el vestuario y la gente empezó a murmurar que Don Paco estaba interesado en Juana, la madre de Juanita.


No voy a contar nada más pero este es solo el comienzo. Es una obra muy graciosa y con mucha picaresca, merece la pena leerla.