Atila, el azote de Roma.

"Era arrogante en el porte y movía los ojos de un lado a otro para que el poder de su espíritu orgulloso se manifestara incluso en cada movimiento de su cuerpo. Aunque era amante de la guerra, sabía dominar sus actos. Era sumamente juicioso, clemente con quienes suplicaban perdón y generoso con los aliados. De estatura era bajo, ancho de pecho, de cabeza grande y ojos pequeños; la barba la tenía poco pobloda, los cabellos canosos, la nariz aplastada y la tez oscura, rasgos éstos que denotaban su raza. Aunque por naturaleza siempre abrigaba grandes esperanzas de éxito, su ambición creció al encontrar la espada de Marte, considerada sagrada por todos los reyes de Escitia." De este modo describe el historiador Jordanes al caudillo que iba a convertirse en una auténtica pesadilla para Roma. Su ambición no podía ser satisfecha compartiendo el reino con un hermano menos ambicioso que él e incapaz de entrever el glorioso futuro que se abría ante ellos. Por eso lo asesinó después de ocho años de gobierno conjunto. Convertido en soberano único, Atila se dispuso a desarrollar el gran potencial del reino que comenzaba a nacer. En primer lugar, debía afianzar su posición como gobernante único, para lo cual necesitó de escribas y burócratas que difundieran sus órdenes por todo el reino. Desplazó a la vieja nobleza y la sustituyó por los llamados "Escogidos" que prodigaban a Atila una fidelidad absoluta.
Con todos ellos y con sus súbditos como coparticipes de su obra, comenzó a moverse.

Atila infundía tanto terror a sus enemigos como a su propio pueblo. Pero ningún reino puede sustentarse únicamente con el miedo así que Atila recurrió a la religiosidad de los hunos. Augures y adivinos interpretaban para él los signos de la naturaleza, cuando no lo hacía por sí mismo. Cuando encontró la espada perdida del Dios de la Guerra no le quedaron dudas: había sido elegido Señor de todo el Universo.

Los planes de Atila comenzaban con dominar Occidente, herido de muerte tras las invasiones bárbaras. Para ello se prestó a defender el Imperio de Occidente del reino visigodo recién fundado en las Galias (450). Pero percatándose del engaño rechazaron el ofrecimiento e hicieron otras alianzas con enemigos más conocidos para los romanos como son los visigodos. Empecinado en esa empresa, Atila partió atravesando el Rin, alcanzó la Galia con la intención de destruir el reino visigodo y reclamar para sí aquellas provincias en calidad de copartícipe del Imperio. A su encuentro salió Aecio, que había sido el principal valedor del pueblo huno ante Roma, quién había conseguido concertar la mayor alianza romano-bárbara conocida hasta la fecha, a la cual se sumaron los visigodos, además de contingentes menores de burgundios, francos, sajones, alanos y armoricanos.

La batalla tuvo lugar el 20 de junio de 451 en los Campos Cataláunicos, en las proximidades de la localidad francesa de Châlons-surMarne. Atila se lanzó al combate a pesar de los malos presagios que le auguraban una derrota que sólo sería compensada por la muerte de su rival. Los augurios se cumplieron: los romanos y los visigodos habían aprendido a contrarrestar las tácticas de los hunos y los obligaron a refugiarse en el círculo que sus carros formaban. Viendo cercano su fin, Atila mandó levantar una pira para inmolarse en ella antes de caer prisionero. Pero Aecio no deseaba la aniquilación de los hunos, pues maquinaba hutilizarlos en el futuro contra los propios visigodos. Por eso convenció a éstos de que se retirasen y permitió la huida de Atila. Como agradecimiento, Atila invadió Italia.

No se sabe qué empujó a Atila a invadir Roma pero existen algunas hipótesis. Una de ellas alude a un oscuro episodio en el que estaba involucrada Honoria, la hermana del emperador occidental Valentiniano III. Según cuenta una tradición, ella le envió a Atila una carta acompañada de cierta cantidad de dinero y de su anillo imperial. En la carta la princesa le pide que la libre de su matrimonio, concertado por su hermano, con el senador Flavio Baso Herculano. Atila, sorprendido sobre todo por el anillo, la habría reclamado entonces como esposa y, ante la negativa de Valentiniano, decidió invadir Italia.
Lo que sí es cierto es que un ejercito necesita dinero y Atila necesitaba victorias que se lo diera, quizá pensó que podría obtenerlo destruyendo Roma.

Atila dedicó la primavera de 452 a tomar las ciudades del norte del Po, algunas como Aquilea, Padua, Verona, Brescia y Bérgamo, fueron arrasadas. Sólo Milán, de la que tambiñen se adueño, mereció su clemencia. El emperador Valentiniano III, incapaz de defender a sus súbditos, vivía refugiado en Ravena, la capital del imperio por aquel entonces. Pero Atila no se decidía a atacar Roma. Supersticioso como era, sus augures no advertían signos propicios, y estaba aún reciente el ejemplo de Alarico, el rey visigodo que murió repentinamente poco después de saquear Roma en el año 410. Cuando finalmente se decidió, el papa León I le salió al paso. Nada se sabe de lo que hablaron a orillas del río Mincio, cerca de Mantua, pero a su fin el "Señor de todo el Universo" ordenó a sus fieles el regreso a sus territorios.

Atila sobrevivió poco tiempo a su encuentro con León I. Retirado a sus cuarteles de invierno, contrajo nuevo matrimonio con una joven germana, de nombre Idilco. Murió la misma noche en que se celebraron los esponsales, ahogado en su propia sangre. Al parecer sufría periódicas hemorragias nasales sin importancia, pero en aquella ocasión, ebrio y dormido boca arriba, el flujo sanguíneo lo había asfixiado. Su extraña muerte, acaecida sin violencia alguna y sin sufrir los males propios de la vejez, fue tenida por un signo del favor divino del que siempre había gozado.

Al morir su rey, todo su reino se desmenbró. Sus numerosos hijos se dividieron el reino, mas ninguno de ellos poseía su carisma. Los pueblos sometidos aprovecharon la devilidad de los hunos y recobraron su libertad.

Como anécdota añadiré que cuenta la leyenda que en su encuentro con el Papa Leon I, san Pedro y san Pablo, armados , estuvieron al lado del pontífice durante toda la conversación. Sea como fuere, tras aquella charla Atila desistió de la conquista de la Ciudad Eterna, lo que se dijero ¡ay, qué más quisiera yo saberlo!
Otra curiosidad es que a la muerte del gran Rey los soldados comenzaron a cortarse la piel con sus propias espadas, puesto que el más grande de los guerreros no podía ser llorado con lágrimas sino con sangre. Tras enterrarlo en un lugar secreto y siguiendo una costumbre de la época entre los pueblos del Norte, los soldados que habían buscado un lugar secreto para el entierro aceptaron gustosas suicidarse y así no desvelar jamás la ubicación de la tumba. Hoy en día aún sigue siendo un misterio donde está enterrado Atila.

Decir que seguramente Atila se habría imaginado una muerte más gloriosa, una muerte en batalla a lomos de su caballo como suelen desear los grandes militares, en fin una muerte sin sufrimiento tampoco es una mala muerte.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Cada día se aprende algo nuevo. Curiosa la anécdota con el papa.

reinasinespejo dijo...

Y que por mucho tiempo nos sigas contando vidas tan intensas, Abisinia, te echábamos de menos.

PD: espero que a la tercera vaya la vencida y este comentario quede publicado.