"Juanita La Larga" de Juan Valera.

Tengo la suerte de que cuando una novela me engancha, me veo absorbida por ella y me convierto en espectadora de primera línea de todo en lo que en ella acontece, una especie de mujer invisible entre sus protagonistas, la vecina cotilla a la que nadie ve. Esta cualidad se convierte en casi una desgracia si me ocurre lo mismo que cuando leí "El Perfume", que acabé uno de sus capítulos con la nariz embotada de tanto oler... fue como cuando entras en una perfumería y no sabes qué perfume escoger, te pruebas mil y al final ya ni hueles ni compras ni te gusta ninguno, pues así acabé yo, cabe decir que no es solo por esta capacidad mía para sumergirme en la lectura, sino más bien y sobre todo a las magníficas dotes descriptivas de su autor, Patrick Suskind.

Bueno, todo lo anterior viene a colación porque lo mismo que "El Perfume" me hizo disfrutar y padecer de mil fragancias, "Juanita La Larga" me transportó a los veranos, olores y colores de mi niñez. Dicho así parece que hablo desde la ancianidad pero teniendo en cuenta lo corta que es la infancia ya se puede mirar atrás desde los dieciocho, los treinta o los cincuenta, siempre se hará con una mezcla de añoranza y felicidad al recordad aquellos días.


Siempre he vivido en Andalucía y mi niñez transcurrió en aquellos días en los que todavía se veían niños jugando en las calles y todos los vecinos se conocían. Podías estar todo el día jugando en la calle subiendo a casa solo lo que se tarda en comer y poco más y no pasaba nada.

Esta novela me transportó en cierto modo a esos días, los días en los que la primavera y el verano se confunden, los días de terral en los que al atardecer se ven las nubes de mil tonalidades rojizas, el inconfundible aire cálido anunciando las inminentes vacaciones de verano.


Aunque su autor no menciona pueblo alguno, en esta novela se sabe que su historia transcurre en un pueblecito de Andalucía a finales del siglo XIX y el eje central de la trama son los amores de un apuesto cincuentón bien situado, Don Paco, hacia una joven, Juanita. Tanto Juanita como su madre se dedican a la costura y aunque en un principio nadie miraba con buenos ojos a la madre de esta porque llegó al pueblo embarazada y sin marido conocido, poco a poco se fue ganando a sus vecinos con su buen hacer tanto en la cocina como en la costura.

En Primavera y verano, al atardecer, bajaba Juanita a la fuente a por agua, más por distracción que por necesidad, y cada día estaba Don Paco en el poyete que había junto a ella de tertulia con el escribano, el boticario y todo el que se sumase a la charla, y aunque, siendo viudo, no se le había pasado por la cabeza un nuevo casamiento, sus ojos empezaron a fijarse en Juanita. Dándose cuenta de la diferencia de edad, él mismo intentó quitárselo de la cabeza, pero empezó a sentir algo más que admiración hacia ella, dentro de sí se debatía si ella al conocer sus sentimientos se reiría de su cariño o que simplemente accedería a dárselo todo por puro interés, por otro lado estaba su madre que aunque la había criado con mucha libertad tampoco la perdía de vista. De este modo pasaba los días Don Paco, cual adolescente pasando cada día más de lo necesario por delante de la casa de Juanita y haciéndose el encontradizo cuando la joven regresaba de la fuente. Para relacionarse más, le encargó camisas a su madre, trajes y demás, vamos que por estar cerca de Juanita renovó todo el vestuario y la gente empezó a murmurar que Don Paco estaba interesado en Juana, la madre de Juanita.


No voy a contar nada más pero este es solo el comienzo. Es una obra muy graciosa y con mucha picaresca, merece la pena leerla.